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Crimen de lesa verdad: asesinan a la periodista Sherine Abu Aqla en Cisjordania

Sherine Abu Aqla

Una operación de las fuerzas militares israelíes en la ciudad ocupada de Yenín, Cisjordania, terminó con una periodista de Al Jazeera asesinada de un balazo en la cabeza. Su nombre era Sherine Abu Aqla. Otra comunicadora de la verdad abatida haciendo su trabajo.

Escrito por Andrés López Awad

Los cielos zafiros de Cisjordania son rasgados por el sonido hirviendo de las balas israelíes. Cuando el eco de los disparos es ahogado por los gritos desesperados de las personas que presencian la escena, un cuerpo cae tendido boca abajo sobre el suelo. Una mujer. 51 años. Camisa clara y pelo maderado. Su chaleco antibalas con la palabra press atravesándole el pecho no pudo protegerla. Su casco tampoco pudo. Una de las balas le perforó la cabeza. Sherine Abu Aqla, periodista palestina del medio Al Jazeera, murió minutos después.

Hay un clásico cliché que dice: «la primera víctima de la guerra es la verdad». Los clichés son clichés por algo. Y cuando se trata del conflicto de ocupación por parte de Israel en Cisjordania, la verdad parece más soterrada que nunca. El primer ministro israelí, Naftali Bennett, hace su declaración. Para él, lo más «probable» es que hayan sido los mismos palestinos quienes asesinaron a Abu Aqla. Lior Haiat, ministro de relaciones exteriores de Israel, comparte la tesis. «Hay indicios de que fue asesinada por disparos terroristas palestinos», asegura en un video.

El presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, no tiene dudas. El homicidio de una periodista palestina, que lleva años cubriendo a pie la ocupación, no es más que un «crimen de ejecución» por parte de los soldados israelíes. Sus colegas, de Al Jazeera y corresponsales en medio oriente de otros medios, dedican palabras a Sherine Abu Aqla. Que era «muy respetada». Que «una generación de palestinos creció viéndola en la televisión». Que pasó su vida «cubriendo la brutalidad israelí en Palestina».

Hay otra persona. Un hombre baleado en el hospital. Lentes de marcos grueso y el pecho ensangrentado. Es Ali Samoudi, productor de Al Jazeera, quien recibió una bala antes que Abu Aqla. «Íbamos a filmar la operación del Ejército israelí y de repente nos dispararon sin pedirnos que nos fuéramos o que dejáramos de grabar», dice el productor. Así como otros testigos de los disparos, que se ven en el video del asesinato, Samoudi asegura que «no hubo resistencia militar palestina en absoluto en la escena».

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Hay conmoción en el medio Al Jazeera. Y también enojo. Llevan años alegando incertidumbre e inseguridad para sus periodistas que cubren la ocupación ilegal. «En un flagrante asesinato, violando las leyes y normas internacionales, las Fuerzas de Ocupación israelíes asesinaron a sangre fría a la corresponsal de Al Jazeera en Palestina, Sherine Abu Aqla, atacándola con fuego real temprano esta mañana mientras realizaba su deber periodístico, claramente usando un chaleco que la identifica como periodista», dicen en un comunicado. Escribo a Lucía Newman, corresponsal de Al Jazeera en inglés, para conocer desde adentro qué estaba pasando. Me cuenta que está desconectada de vacaciones en Francia y que por casualidad vio mi mensaje, que con él se enteró de la muerte de su colega. No quise insistir.

En 2021 fueron asesinados 55 periodistas haciendo su trabajo, según la UNESCO. Dos tercios de ellos en países que no sufren conflictos armados. En zonas de pugna social o guerra, los profesionales de la comunicación ponen su vida en peligro todos los días. La corresponsal de CNN en Venezuela, Osmary Hernández, conversa conmigo y recuerda el miedo que sintió cuando despachó hace unos años a un kilómetro de Gaza en medio de alarmas por ataque de cohetes y cómo tuvo que correr a una sala del pánico: «es importante hacer saneamiento mental, psicológico, buscar ayuda porque hay situaciones que son difíciles y que generan consecuencias postraumáticas que hay que atender».

Edgar Arana también es periodista. Estuvo ese día junto a Osmary y otros 20 colegas latinoamericanos, haciendo un curso sobre el periodismo en zonas de conflicto. Cuando salieron del búnker y se apagaron las alarmas quedó sorprendido. «Nos dimos cuenta que la población ya está acostumbrada a ese tipo de ataques. Simplemente se esconden, esperan que pase la alarma y salen de sus refugios».

Ambos han temido por su vida en el ejercicio de sus funciones. Osmary Hernández recuerda cuando una vez quedó en medio de la línea de fuego entre opositores y oficialistas en Venezuela. «Estábamos tirados en el piso y me caían cartuchos de balas encima», me cuenta. En Guatemala, Edgar Arana viajaba a cubrir un partido de fútbol cuando un bus con los neumáticos reventados tapaba el paso. Su «espíritu periodístico» lo motivó a bajarse a tomar unas fotos. En medio de los clicks de su cámara, los guerrilleros comenzaron a disparar desde la montaña a soldados del Ejército guatemalteco que estaban en la zona. Edgar no dejó de tomar fotos durante todo el enfrentamiento. Cree que efectivamente «la vida del periodista siempre está en riesgo y uno no tiene consciencia del peligro».

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Lo cierto es que Sherine Abu Aqla recibe un funeral de Estado. Banderas palestinas copan Ramala y el presidente de la Autoridad Palestina pide recordarla como una heroína: «sacrificó su vida en defensa de su causa y de su pueblo». Dice que este crimen no debe quedar impune y culpa a las autoridades de ocupación israelíes, «plenamente responsables de este asesinato».

Entre el sonido de las gaitas, el cuerpo lívido de Abu Aqla es envuelto en los cuatro colores de la bandera palestina. Su bandera. Encima lleva el chaleco de prensa que usaba cuando recibió el disparo que le quitó la vida. Sus colegas periodistas la velan entristecidos. Mañana tendrán que volver a poner los pies en la calle para hacer su trabajo. Se toman la cabeza.

Saben que mañana les podría tocar a ellos.

Al cierre de esta nota, el medio Señal 3 de La Victoria anuncia que Francisca Sandoval, periodista baleada de un disparo en la cabeza en barrio Meiggs cubriendo las manifestaciones del día del trabajador hace una semana, falleció en la Posta Central. «No se nos fue. La asesinaron», dicen.

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