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Calada hasta los huesos: historia de un trastorno alimenticio

No fue hasta la soledad que sintió a los 21 años que Francisca se dio cuenta que su crítica relación con la comida había empapado cada arista de su vida. Al igual que miles de adolescentes y jóvenes, descubrió las consecuencias médicas, psicológicas y sociales de un problema alimentario, y sólo con un cambio de entorno logró romper los patrones que la tenían hundida. 

María Francisca González K.

“Desde muy pequeña comencé a hacer dietas muy restrictivas. Me preocupaba tanto mi peso que me privé de hacer una vida normal, de disfrutar de los cumpleaños”, recuerda Francisca Gatica con tono de sorpresa sobre sus mismas palabras. Las memorias de su infancia inician con visitas médicas, sus pies al desnudo sobre la balanza y una aguja que indicaba un número que no quería escuchar. La obesidad tipo 2 que comenzó a desarrollar a los cinco años marcó mucho más que la pauta nutricional que mes a mes le daban, fue también la apertura a una puerta difícil de cerrar: los trastornos de la conducta alimentaria (TCA).

Hoy, con 27 años, Francisca dice estar cumpliendo todos sus sueños: está de novia, es relacionadora pública, lidera una agencia de comunicaciones y se describe a sí misma como una mujer empoderada y llena de luz. Sin embargo, no siempre fue así. Hubo un momento en que alcanzar la delgadez se convirtió en una meta que no conoció de límites, y que la llevó al extremo de pensar que iba a morir. Y el problema fue tal, que incluso lo deseó.

No hay una fecha exacta, pero sí algunos atisbos de cuándo inició su historia en el mundo de los TCA. Un síndrome de abandono –un trastorno ansioso que supone miedo extremo a quedarse sola– que sufrió en el jardín infantil, fue el puntapié a la visita a múltiples especialistas. Dentro de todos los consejos y tratamientos, se le indicó a la entonces niña un medicamento que si bien atenuaba los síntomas de angustia, le causaba un hambre voraz.

Como consecuencia de esto, al año siguiente Francisca fue llevada nuevamente al médico, pero ahora para controlar su peso. Tenía seis años, y las prohibiciones, el chequeo de la imagen corporal y la severidad con la que se trataba comenzaron paulatinamente a ser parte de su cotidianeidad.

Dice que a los 11 años dejó de comer. Su mente se volvió una dura calculadora de calorías que no le permitía exceder cierta cantidad por día, que imponía castigos y que le indicaba que todas las personas que la rodeaban le deseaban lo peor: engordar. Se mantuvo en esa dinámica restrictiva hasta los 21. Pese a haber sido hospitalizada y tratada por anorexia entre medio, no interpretaba que lo que estaba viviendo saliera de lo normal.

“Sólo fue cuando vi que mi hermano tenía que modificar sus horarios para quedarse cuidándome, que mi mamá estaba totalmente destruida… Y cuando me vi sola. Ahí me di cuenta que era un problema”, indica Gatica, a quien no le llamaba la atención las manifestaciones físicas de su enfermedad como la caída del pelo o el reflejo de la piel sobre sus huesos en el espejo.

El caso de miles

De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años padece algún trastorno mental, y son los ligados a la conducta alimentaria los que se asocian a las mayores tasas de mortalidad. Según el Manual Diagnóstico y Estadístico de Enfermedades Mentales (DSM-5), existen al menos ocho clasificaciones de este tipo de trastornos.

Sobre la anorexia nerviosa, el manual explica que se desarrollan tres características principales: restricción de la ingesta energética conducente a un peso corporal significativamente bajo, miedo intenso a engordar y alteración en la autopercepción del cuerpo. Todo lo que le pasaba a Francisca.

La psicóloga infanto-juvenil, experta en intervención en salud mental, Javiera Muñoz, señala que si bien no existen causas exactas, ciertos factores pueden explicar el desarrollo de un TCA. “Una de las razones que más se veían eran los problemas psicológicos y emocionales como la depresión o trastornos de ansiedad, pero actualmente también tiene mucha relevancia el entorno de las personas y las actividades físicas que desarrollan”, plantea.

Según la especialista, las redes sociales y publicidad tienen una fuerte incidencia en niñas y adolescentes al exhibir constantemente cuerpos delgados que se idealizan. Así también, asegura que prácticas en las que el peso corporal está siempre en evaluación, como es el caso del ballet, serían determinantes en la caída de las mujeres en anorexias o bulimias.

Por lo mismo, la psicóloga destaca el rol activo que pueden tomar los padres para evitar que los estereotipos penetren negativamente durante la infancia y adolescencia. “Es bueno que se anime a cuestionar estas imágenes para que no se genere un rechazo al propio cuerpo al no ser similar a lo que pueden entregar los medios de comunicación”, explica.

Andrea Matamala, nutricionista de la Universidad de Los Andes, indicó que hay ciertas actitudes que alguien con un trastorno restrictivo comienza a desarrollar a las que su entorno debe poner atención como la reducción de porciones y una selección minuciosa de los alimentos que se permiten comer. Este último comportamiento, “se puede esconder con ‘no me gusta’, ‘me aburre comer lo mismo’ o ‘quiero dejar de consumir X porque me hace daño’. Además, podemos observar conductas como dejar de asistir a eventos sociales o preferir comer sola”, detalla la experta.

Saber ser apoyo

“Hubo muchas conductas de parte de mis pares y familiares que me dañaron más que me ayudaron […] Pese a que había muchas niñas que probablemente estaban en la misma situación que yo en el colegio, mi caso fue vox populi”, revela Francisca Gatica. Aunque recuerda que al principio varios de sus compañeros la fueron a ver al hospital, después comenzó a sentir cómo perdía oportunidades y la rechazaban en distintos espacios. “A mis amigas no las dejaban juntarse conmigo. Las mamás y papás creían que yo podía arrastrar a sus hijas a lo mismo”, cuenta.

Ya que este tipo de respuestas por parte del entorno suelen darse frente a una persona con TCA, la nutricionista Andrea Matamala afirma: “Lo más importante es ser compasivos y no juzgar en el proceso […] Educar sobre la alimentación y nutrición siempre desde el amor y no desde la rabia o desesperación, ya que eso lleva a obligar a comer, y entre más obliguemos a un adolescente, habrá menos voluntad propia”.

Por las edades de mayor prevalencia de los TCA, Javiera Muñoz explica que la clave es hacer intervenciones que sicoeduquen. “Los colegios son la figura principal que debe impulsar la prevención de estos trastornos, porque educando a una niña desde pequeña, enseñándole a comer saludable, potenciando su autoestima, la empatía –para que a futuro no hagan comentarios que ofendan–¸ mostrando las consecuencias que pueden traer estas enfermedades, se genera una muy buena base para que no se desarrollen conductas dañinas”, señala la experta en salud mental.

Salir de la oscuridad

“Llegué a un límite en el que todos se habían ido, incluyendo a mis doctores”, narra Francisca Gatica, quien sólo en retrospectiva pudo advertir lo hondo que la caló su enfermedad. Haciendo memoria, recuerda cómo dejó de tener vida social para evitar las calorías, y también cómo su menstruación desapareció por años. 

A la mujer de hoy 27 años le plantearon desde la adolescencia que una de las consecuencias de su anorexia era ver afectada su fertilidad. “Me dijeron que no podría ser mamá, y que en el caso en que lo quisiera, iba a tener que someterme a tratamientos hormonales”, dice.

Andrea Matamala, experta en psicología y psicopatología de la nutrición, explica que lo que le sucedió a Francisca fue una amenorrea. Según detalla la especialista, “al tener una alimentación muy restrictiva, se deja de consumir la suficiente energía que el cuerpo necesita para funcionar diariamente y además se eliminan alimentos esenciales para regular el periodo menstrual”.

Sin embargo, Francisca Gatica logró cambiar su historia: con un embarazo saludable en desarrollo, mira hacia atrás y se enorgullece de haber salido de la oscuridad en la que creyó se quedaría para siempre. Un cambio universitario que la obligó a reinventarse y decidir tomar las riendas de su vida fue lo que finalmente la hizo interiorizar todo lo que había aprendido en los tratamientos a los que se sometió.

Tras años de vida normal, libre de culpas al comer y feliz con sus logros, Francisca empatiza con todas las mujeres que estén pasando por un trastorno alimentario. “Va a pasar, pero se tienen que dejar ayudar. Su entorno está luchando contra el monstruo junto ustedes, no contra ustedes”, dice alentando a quien lo necesite. Como ella, otras niñas y adolescentes necesitan apoyo profesional y contención por parte de su entorno. Tal como lo enfatiza: un comentario o gesto puede gatillar una difícil historia. La amabilidad y la disposición a entender son clave.

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