Editorial: Votar para cambiar

Editorial: Votar para cambiar

Eran las 8 de la mañana del 15 de mayo, y como se había pactado en las reglas del juego, era a esa hora exacta cuando la población chilena comenzaría a decidir quiénes serían sus alcaldes, concejales, gobernadores y constituyentes. Estos dos últimos fueron la gran novedad de la ocasión: por primera vez se elegirían gobernadores regionales, con la promesa de descentralizar el poder de la capital y también se escogería a quienes escribirían una nueva constitución, después del golpe de realidad que pegó el estallido social.

Pero eran las 8 de la mañana y habían mesas desiertas. Hubo vocales que nunca llegaron. Adultos mayores que habían puesto el despertador temprano tuvieron que esperar hasta dos horas completas para que las mesas se conformaran. A pesar de que el horario preferente para ellos era desde las 2 de la tarde, la mayoría llegó a primera hora, con su lápiz azul, a paso lento pero firme y cuando los periodistas les ofrecían el micrófono, contaban con orgullo que votaban desde que tenían 18 años.

Así transcurrieron los dos días de elecciones, donde se escuchaban las casi súplicas de los medios para que los chilenos acudieran a ejercer su sufragio. En las pantallas se veían pocos jóvenes, a pesar de que casi dos años atrás, abundaba su presencia en las imágenes que mostraba la televisión: una juventud despierta, protagonista de las manifestaciones que exigían justicia, dignidad y respeto.

Pero parece que el 15 y 16 de mayo, no despertaron. No todos cambiaron los carteles por un lápiz pasta azul. El país los extrañó, porque fueron ellos quienes dieron inicio al proceso constituyente, quienes -queremos creer- fueron parte de ese 50,95% de personas que fueron a votar para el plebiscito y que en ese último fin de semana brillaron por su ausencia.

¿Será que no era el momento de hacer las elecciones? ¿Habrá influido la pandemia? ¿No estaban de acuerdo con la forma en la que se estaba llevando el proceso? No lo podremos saber nunca, porque no ir a votar genera un sinfín de especulaciones. Pero dice más un voto blanco o nulo, que uno que no existe. Al fin y al cabo, el mensaje es mucho más claro cuando se puede medir.

La tarde del domingo 16, en la calle Amunátegui, pleno centro de Santiago, con un terno azul oscuro, camisa celeste y un lápiz que combinaba con su atuendo, Ricardo Lagos, expresidente de la República, insertaba con un poco de dificultad sus votos en las cajas transparentes, mientras recibía aplausos de algunas personas que coincidieron en su local. Caminó hacia el punto de prensa, y en respuesta a un periodista que le consultó sobre las cifras de participación, Lagos contestó que: “hay todavía sectores que piensan que no es necesario expresarse, y por eso creo que en esta (nueva) constitución tenemos que corregir algo muy importante: hacer que el derecho a voto sea una obligación”.

Quizás a primera impresión, esto suene a reducir la libertad de ir o no a votar. Pero coincidimos con el expresidente en que sufragar es lo mínimo que se le puede pedir a un país, en especial a Chile y a su juventud. Los cambios sólidos se hacen a partir de la construcción de puentes entre la ciudadanía y quien nos representa, no en esperar que solo un porcentaje de la población escoja a quienes nos gobiernan para después estar descontentos con la forma en que lo hacen.

Que cada paso que se dio en las marchas no sea en vano, que el sonido de cada cacerola resuene en las urnas, que todo ese sentimiento de injusticia se convierta en una línea sobre los nombres que mañana podrían cambiar lo que más anhelamos para el país.

Fernanda Ávila y Nicole Iporre

Editoras de la sección Nacional de Cooler UAI

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