Columna: Maldita política

Columna: Maldita política

Por Ignacia Canales

Pamela Jiles, la Abuela, la que no se muerde la lengua. Aunque ahora sea diputada, para mí siempre será la panelista de programas faranduleros, de esos que poco o nada quedan y yo extraño. Gozaba de los escándalos de la semana, de las polémicas de realities y de cómo la Abuela ponía en aprietos a modelos, jugadores de fútbol y rostros de TV. 

Sin vergüenza acepto que me gusta el mundo de los famosos chilenos. Podría enumerar los triángulos amorosos más controversiales del último tiempo, y explicar con lujo y detalles los realities más conocidos. Una vez más sin culpa, admito que me agradó  Pamela Jiles como la periodista espectáculo, esa que sin filtro opinaba de los famosos y miraba con lupa sus escándalos. Apreciaba la seriedad con la que observaba esta banalidad, se lo tomaba tan en serio que incluso escribió un libro. 

Por meses busqué Maldita Farándula, el libro que mapea el famoseo chileno. Una vez pasé una mañana completa en la calle San Diego preguntando local por local, con la esperanza de hallarlo entre esas pequeñas tiendas que guardan hasta el texto más extraño. Ese día no tuve éxito. Aun así, preguntaba por el cada vez que tenía la oportunidad. Hasta que un anuncio de Mercado Libre me lo señaló. Así de simple. Usado, de páginas gastadas y con el lomo quebrado, pero al fin mío. 

Resulta que la autora no se equivocaba,la farándula sí estaba maldita. Las críticas, el show y los cahuines que alimentaban el rating se extinguieron. Y Jiles, ni tonta ni perezosa, como diría mi abuela, migró a la política. 

Me gustaría defender a la abuela política, como lo he hecho con la abuela farandulera, pero no se puede. No cuando transformó al Congreso en un programa como Primer Plano y promete a las masas para ganar cámaras. No cuando discute como la Luli y la Adriana Barrientos lo hacían fuera de las discotecas frente a los noteros de programas nocturnos. Peleas que ella misma criticaba y con toda seguridad puedo decir que en aquel entonces, tenía argumentos más elocuentes que la chacota del candado chino. 

El personaje se apoderó de ella, está poseída por las plumas fucsias y la atención de sus fanáticos, perdón, sus nietitos. Se convirtió en los faranduleros que ella misma ponía en aprietos, los esclavos de la atención, los que transformaban la discusión en un show pobre y los argumentos en burlas. 

Cómo se le puede tomar en serio si ella no lo hace, no respeta ni a sus compañeros. Un claro ejemplo es cuando atacó personalmente a Mario Desbordes  por la discusión del retiro del 10% y le dijo segundón a un subsecretario en plena sesión parlamentaria.  

A todas sus ideas le falta precisión y le sobra chiste. Transformó Twitter en su sala de prensa, en vitrina de humillaciones y amenazas públicas. La Abuela olvidó esa disciplina que tenía, la que me gustaba. Se robó todo lo malo de la farándula y se lo llevó donde no debía. 

En fin, lo maldito a la política.  

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