Opinión: Hay una serpiente en mi bota

Opinión: Hay una serpiente en mi bota

Por Fernando Ríos, presidente de Centro de Alumnos de Periodismo UAI, Viña del Mar

No han pasado más de 48 horas, y se puede decir que este hecho ha revolucionado el mundo del fútbol. Luego del anuncio de la creación de una innovadora Superliga Europea, las críticas hacia los dirigentes de los clubes más poderosos y reconocidos del mundo no se hicieron esperar. Hasta el lunes 26, eran doce los equipos que se encontraban inscritos en el campeonato, entre ellos algunos de los planteles más reconocidos y poderosos del mundo, como el Manchester United, la Juventus, el Inter de Milán, el Liverpool, entre otros.

Un torneo con un formato de juego que a muchos gamers les recuerda a la Copa Konami en el PES o al modo carrera en el FIFA. Era un evento que muchos veían como un sueño inalcanzable y que se volvió realidad.  “Era” un evento, puesto que el proyecto duró tan solo unas horas. Apenas se hizo público el anuncio, las críticas llovieron sobre las directivas de los clubes participantes, bajo la premisa de que “el fútbol había muerto”.

Las consecuencias que ha tenido la promulgación de este controvertido torneo hasta ahora han sido incontables, y eso que a estas alturas está prácticamente cancelado. Jamás en la historia de este deporte había ocurrido una situación así, un acontecimiento inédito que ha roto los paradigmas tradicionales y que pretendía revolucionar el mundo del fútbol.

Desertores del proyecto

El proyecto nunca vio la luz. Apenas dos días después del anuncio oficial, los seis clubes más poderosos de Inglaterra que estaban dentro de la nómina inicial decidieron retirarse de la participación. Más tarde se les sumarían Inter, Atlético de Madrid, AC Milán y Juventus, dejando a su propia merced a los dos colosos de España: Real Madrid y Barcelona.

No solo los hinchas entraron en una crisis existencial por pensar que esto podría cambiar para siempre el orden tradicional del fútbol, sino que se generó una serie de tensiones al interior de las directivas. El dueño del Liverpool, John W. Henry, tuvo el coraje de pedir disculpas públicas y aclarar que las demandas de los hinchas fueron escuchadas. Otros en cambio, tuvieron la desfachatez de renunciar a su cargo sin dar explicaciones, como fue el caso del expresidente del Manchester United, Ed Woodward.

La gran mayoría no aplaudió la abstención de los clubes de jugar el campeonato, sino que más bien alabó que equipos multimillonarios y muy influyentes como Bayern Münich, Borussia Dortmund y Paris Saint Germain, rechazaran tajantemente ser parte del certamen. El cuadro bávaro, a través de un comunicado, expresó su deseo de vivir la “maravillosa y emotiva competición que es la Champions League, y que se desarrolle en conjunto con la UEFA”.

El público aclamó el acto. Es más, muchos de quienes llamaban a la Bundesliga o la Ligue 1 con el peyorativo de “farmers league” por ser poco competitivas, se volcaron a favor de los clubes por rechazar la Superliga. La gente tildó a los directivos de corruptos codiciosos, recordando en más de una ocasión lo que pasó en 2015 con el denominado “FIFA Gate”, donde las altas esferas del deporte rey, entre ellas el entonces presidente de la Federación, Joseph Blatter, fueron acusadas de sobornos, fraude y arreglo de partidos, originando la caída de su gestión y de muchos otros dirigentes.

Las amenazas

Huelga preguntar: ¿Por qué la Superliga resultó ser tan odiada? En sí, la idea parecía atractiva, hay que reconocerlo. Pensar en un torneo donde se enfrenten los mejores jugadores del mundo, presenciar encuentros atractivos en cada fecha y gozar del mejor nivel futbolístico, sin duda, seduce a cualquier hincha. El problema con todo esto no es culpa de la liga en sí, sino de la organización madre del fútbol europeo: la UEFA.

Apenas sabida la noticia, la UEFA encendió las alarmas por una posible fuga de ganancias en su imperio. Un monopolio económico que si bien había sido cuestionado en más de una oportunidad, generaba un sistema de competición cómodo. que dejaba conformes a los fanáticos. Sus intereses se vieron amenazados principalmente porque quienes habían organizado y fundado el nuevo certamen tienen un poderío financiero tan grande que podrían doblegar al ente europeo.

De esta forma, el presidente de la UEFA, Aleksander Ceferin, golpeó la mesa con un movimiento que dejó en jaque a todos los clubes y jugadores que participaran en la liga.  Mientras participen en la competencia, los equipos no podrán jugar en las respectivas ligas de sus países, así como de cualquier actividad administrada por la UEFA, como la Europa y la Champions League. Otro duro revés sufrieron los jugadores, pues además se les informó que si eran parte de un club presente en la Superliga, serían inhabilitados de jugar por su selección en torneos internacionales tales como por ejemplo, la mismísima Copa del Mundo.

No conforme con las sanciones impuestas, Ceferin criticó duramente el accionar de las directivas. ¿Qué habrá pensado de sus colegas en el momento del anuncio? Uno se puede imaginar la célebre frase de Toy Story: “Hay una serpiente en mi bota”. El timonel habrá pensado lo mismo, pero no con una, sino varias serpientes en su bota, luego del apuñalamiento por la espalda de su círculo cercano para concebir una moderna estructura del fútbol que más tarde sería vista como una aberración.

La FIFA, junto con su fiel compañera, la UEFA, se aliaron para crear un arma de doble filo que atentara contra la integridad del fútbol. Una movida digna de vitorear si es que de preservar el control económico se tratase. Una jugada maestra que ni los más ricos de Europa se podían esperar y que, de no ceder, sería una bomba de tiempo antes de que todo su proyecto se fuera a la basura.

Preguntas pendientes

Entre todo este tumulto, surgieron hipótesis en torno a los tradicionales torneos de la Champions y Europa League. Todos se preguntaban cómo sería una Liga de Campeones sin jugadores de grueso calibre como Cristiano Ronaldo o Lionel Messi, de la misma manera en que no se podían imaginar que clubes de rica historia estuvieran ausentes en la máxima cita continental. Uno se limitaba a pensar que equipos “medianos” o “chicos” (históricamente hablando) de las cinco grandes ligas, como el Leicester City, Celta de Vigo, West Ham United o el Napoli, podían llegar a la final de no estar los gigantes de Europa.

Otra pregunta que surge es qué sucederá con el mandamás de la Superliga, Florentino Pérez, también presidente del Real Madrid. El mundo completo se ha mofado de él, riéndose de su figura al “hacer el ridículo” por querer mantener vivo un proyecto que prácticamente está desahuciado. La testarudez de Pérez le podría costar caro, puesto que el apoyo que ha recibido es mínimo; el llamado “antimadrilismo” podría ser la excusa perfecta para sacarlo del trono y deshacerse del histórico dirigente.

No mucho difiere la postura del Barcelona en este asunto en relación a su clásico rival. Su recién asumido presidente, Joan Laporta, se mantuvo estoico frente al complicado panorama que afronta la competición. Declaró ante las cámaras de la TV3 (Televisió de Catalunya) que “la Superliga es absolutamente necesaria”, basado en que, si bien el fútbol es de los aficionados, estos pretenden ver un juego de mayor calidad, elemento que, bajo su perspectiva, solo podía proporcionar el polémico torneo. 

Se requiere una valentía y coraje formidable para hacer frente a las organizaciones de mayor peso del fútbol, y eso están demostrando Pérez con Laporta. No obstante, la huida de los demás clubes de la liga, las radicales medidas de la FIFA y UEFA para remarcar su autoridad, y el vox populi jugando en contra, el escenario que se les presenta se asemeja a una misión imposible.

A más de tres días del florecimiento y defunción de la Superliga, los efectos de su anuncio siguen estando latentes en las noticias, y posiblemente se mantendrán por mucho tiempo. La incertidumbre no solo se amotinó sobre el Viejo Continente, sino que el mundo completo en un abrir y cerrar de ojos. La esfera deportiva se mantiene expectante a lo que ocurra en las próximas semanas, que sin duda serán claves para definir los destinos del fútbol de acá en adelante.

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