El triunfo de Biden: Cuando enero sea 21

El triunfo de Biden: Cuando enero sea 21

Por Carlos Franco

Estamos tan acostumbrados a las elecciones que se definen dentro del día –como lo vivimos en el reciente plebiscito chileno el 25 de octubre- que la carrera presidencial estadounidense nos parece el capítulo extendido de cualquier serie de intriga disponible en Netflix. Y peor, porque hablamos de la vida real.

Cuatro días con el equilibrio precario de eso que llamamos Democracia, en su punto más precario y menos equilibrado. Todos los poderes en jaque. El Ejecutivo emitiendo amenazas y acusaciones de fraude gravísimas sin mostrar evidencia. El Legislativo temiendo que ahora se cuestione la legitimidad de los representantes y senadores elegidos en esos estados donde Trump sembró la sospecha. El Judicial, recibiendo denuncias que –en su mayoría- no eran más que cartas de reclamo sin adjuntar evidencia, con los ojos en la Corte Suprema. Sí, la misma Corte donde el jefe de Gobierno instaló hace poco a una nueva jueza. ¿Y el cuarto poder? ¿El periodismo? Lidiando con problemas que nunca antes experimentó: tener que cortar una alocución presidencial en vivo y desmentir sobre la marcha a Trump para evitar la expansión de sus mentiras.

¿Es costumbre de los republicanos aferrarse de esa manera al poder? Por ningún motivo. Cuando el fallecido senador republicano John McCain se enfrentó a Barack Obama en 2008, reconoció así su derrota:

“Hemos llegado al final de un largo viaje. El pueblo estadounidense ha hablado y ha hablado con claridad. Hace un rato, tuve el honor de llamar al senador Barack Obama para felicitarlo por haber sido elegido el próximo presidente del país que ambos amamos.

(…) Lo logró inspirando las esperanzas de tantos millones de estadounidenses, que alguna vez habían creído erróneamente que tenían poco en juego o poca influencia en la elección de un presidente estadounidense. Es algo que admiro profundamente y lo felicito.

Esta es una elección histórica y reconozco el significado especial que tiene para los afroamericanos y el orgullo especial que deben tener esta noche (…)”.

¿Qué pasó en el camino? ¿En qué momento se perdió el norte? En la misma candidatura de McCain asomaron los intereses del ala más a la derecha del Partido Republicano: el Tea Party, encarnado por su feble compañera de papeleta, Sarah Palin. Ocho años después, Trump convocó a esos votantes viudos y los cautivó. Captó esa energía polarizada, ese tufillo rabioso y lo convirtió en un capital político. Eso, puertas adentro, porque en política exterior detectó otra fisura y la aprovechó. Francis Fukujama se preguntaba en su libro “América en la encrucijada” ¿Qué lugar les queda a los neoconservadores tras el descalabro de Irak con Bush? ¿Realismo Jacksoniano? ¿Herencia Kissinger? ¿Más liberalismo? Y mientras los intelectuales contestaban la pregunta, llegó a la Casa Blanca uno que rompió con muchas de las instituciones que posicionaron a Estados Unidos como la gran potencia de la posguerra… y mandaba mensajes a Norcorea a través de Twitter. Insólito.

Biden ya tiene los votos para ser reconocido en el papel como presidente electo, pero no basta. Las heridas que deja en la democracia americana el vendaval contra-institucional de estos 4 años produce un fuerte dilema identitario que abordé en 2018 en mi libro “Donald, de aprendiz a Presidente”. Los estadounidenses se preguntan ¿Qué nación somos? ¿Qué queda del sueño americano? No del sueño de hacerse rico en la tierra de las oportunidades, sino del sueño de los primeros colonos que llegaron en el Mayflower y los padres fundadores: antes de cualquier capricho personal, superponer valores que permitan la coexistencia basada en la confianza.

Cuando enero sea 21, Joe Biden y Kamala Harris tendrán su primer día de gobierno. De un mandato muy complejo, porque la campaña de descrédito de Trump no se limpia hoy: la desconfianza quedará y entonces vendrá el difícil desafío de dar legitimidad a esa nueva administración.

No será fácil. Cuando enero sea 22, es muy probable que Donald ya esté preparando su arremetida.

Carlos Franco es director del Observatorio de Datos de la Escuela de Comunicaciones y Periodismo UAI y autor del libro “Donald, de aprendiz a Presidente”.

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