Fernando Wilson y Estados Unidos: “Cuando tenemos ese nivel de polarización de base (…) sencillamente no hay capacidad de flotar”

Fernando Wilson y Estados Unidos: “Cuando tenemos ese nivel de polarización de base (…) sencillamente no hay capacidad de flotar”

Las elecciones presidenciales estadounidenses atraen las miradas del mundo y se presentan con un horizonte incierto. Hablamos con el doctor en Historia Fernando Wilson, quien profundizó en el contexto político de la potencia norteamericana y los desafíos que debiera abordar quien salga ganador el tres de noviembre.

Por Ignacio Riveros

¿Por qué se habla de que estas elecciones estadounidenses son de las más importantes?

Yo matizaría eso, Estados Unidos se concibe a sí mismo como un proyecto de permanente desarrollo, eso significa que cambia o evoluciona de paradigma de forma relativamente constante.  Estoy seguro que en la elección donde ganó Kennedy también se dijo lo mismo, en el sentido de que era un candidato joven, de élite, católico, que venía a romper un establishment, etc. Lo mismo se pudo decir con Nixon, qué decirte con Obama. Entonces, de alguna manera cada presidencia norteamericana representa un cambio de paradigma profundo que obedece y se desarrolla sobre la base de una lógica distinta.

Ahora, eso no quita que no sea relevante la elección actual, solo implica que en la forma de mirarla depende de su coyuntura. Y sí, en la coyuntura actual el liderazgo corrosivo de Trump representa que en esta ocasión hay una percepción de cambio bastante importante. Pero de ahí a decir que es la más importante, no sé, esa sería la elección de Abraham Liconln, donde se liberó la esclavitud y luego ocurrió una guerra civil. O con Roosevelt y la gran depresión, son eventos de otro calibre, por decirlo de alguna otra forma.

Entonces en el fondo todas las elecciones estadounidenses son importantes ¿no?

Claro, pero el elemento clave en esto es la dinámica de cambio constante. Si es un país como Gran Bretaña, que tiene sus instituciones consolidadas hace poco más de un milenio, obviamente la cosa es distinta a un país joven que todavía se está construyendo, como es Estados Unidos. Es extraordinariamente poderoso, sí, pero es un país muy joven y eso es algo que no hay que olvidar.

En contexto de las elecciones en sí, entre Trump y Biden ¿Qué se estaría jugando Estados Unidos?

Básicamente la forma política de cómo abordar la reconstrucción post-covid.

En política exterior no hay demasiado en juego, ambos liderazgos tienen indexado el hecho del antagonismo con China, entonces no habrá mayor cambio. Quizás mayor presión de parte de Trump con los socios de la OTAN. Pero son cosas más bien específicas, la definición de las relaciones exteriores americanas es relativamente estándar y común, no hay un cambio dramático.


El gran cambio es, primero, la forma en la cual salir del covid, pero también hay un punto que tiene que ver con la amistad cívica, hoy en día, Estados Unidos es un país brutalmente polarizado. Biden debería tener tranquilidad en ese contexto, debería poder ordenar y alinear a la población, darle tranquilidad.

Por el lado de Trump, en este minuto está ofreciendo básicamente una cosa: certeza en la reconstrucción, es decir el tipo en los primeros tres años de gobierno arregló la economía, generó empleos, generó prosperidad de manera muy exitosa, entonces, en ese sentido el tipo dice “Yo les puedo ofrecer un nivel de prosperidad y estabilidad, que Biden no tenemos claro que pueda hacer”. De ahí el apodo de “Sleepy Joe”, la edad y el contexto en el que Biden ha montado su campaña no le ayuda.

Esta cosa de estar encerrado en un sótano es una imagen muy potente de debilidad, que le juega en contra, respecto a su avanzada edad.

David Rieff, el escritor estadounidense, planteó que las elecciones en su país serían algo peligroso ¿Por qué pasa esto?

Es peligroso para determinados sectores sociales que tienen particularmente sectores liberales, de izquierda cultural, que sienten que la consolidación del liderazgo de Trump afectaría su visión del mundo. Yo ahí tengo algún grado de crítica porque, en buenas cuentas, Trump no es un problema en sí mismo, sino que es una consecuencia o síntoma de una política institucional de élite progresivamente alejada de las bases norteamericanas. El gobierno norteamericano comenzó a referirse más bien a círculos altamente educados, y dejó completamente fuera los procesos de reflexión o ni siquiera la importancia de explicar a los norteamericanos, la relevancia de las decisiones que toman.

Entonces, de alguna manera esta “rebelión del bajo pueblo” que representa la elección de Trump, ellos la están leyendo como un desafío a ellos mismo y están olvidando que lo que se necesita es un liderazgo que ordene a Estados Unidos.

Entonces, la solución a los problemas no es sacar a Trump, es volver a construir un Estados Unidos fraternal donde todos tengan espacio: desde los Homeros Simpsons, por así decirlo, hasta los intelectuales de Harvard. Eso de considerar equivocada la forma en la que una parte considerable de los Estados Unidos ha decidido vivir y desarrollar sus valores es una demostración de arrogancia. “Si no se vive como yo quiero que se viva, está mal y equivocado”. Me resulta tremendamente perturbador  que ellos “la elite intelectual” se autodefina como “La Verdad”.

Hay un libro bastante popular, polémico y perturbador, que se llama “The New Class War” (La Nueva Guerra de Clases) de Michael Lind, que plantea cómo estos circuitos de élite, se han autodirigido en la forma correcta de hacer política y desprecian a todos aquellos que tengan una mirada diferente, y no en el contexto de luchar contra ellos o atacarlos, no, los desprecian, los consideran criaturas inferiores que no han adquirido la capacidad de entender todo lo bueno acerca de la elite cultural.

Ese nivel de arrogancia me resultaba perturbador en términos de lo que implica respecto a Trump. Ellos nunca quisieron aceptar que Trump ganó de acuerdo a las reglas del juego. La reacción de esa elite es, básicamente, que el hecho de que Trump exista es una afrenta, un insulto, a ellos. Y no se me ocurre una actitud menos democrática que eso y ahí es donde yo tengo la crítica: que ellos plantean que la única forma legítima de ser democrático es la de ellos, cualquier otra forma de liderazgo es antidemocrática, porque no son ellos y a eso se le llama fascismo.

Y no caigamos nosotros en un esquema binario: Trump es una persona nefasta para el sistema político norteamericano, el problema es que sus opositores, en buena parte, no son mejores que él.

Y hablando acerca del posible resultado, tanto si gana Trump o si gana Biden. ¿A largo plazo cuál sería el “mal menor”?

Ahí nuevamente soy bien pesimista, porque por el lado de Trump el hecho de que el 47% de sus votantes considere que es justo que él no acepte los resultados de una derrota,  está al mismo nivel que la pataleta que la izquierda democrática tuvo cuando Trump ganó en un primer lugar en 2016. Por los dos lados tienes el problema de que les gusta la democracia mientras ganen, y si no ganan, pues no les gusta, y eso no es ser demócrata, ser demócrata es aceptar que se puede perder al mismo tiempo que ganar.

Entonces, cuando tenemos ese nivel de polarización de base, mi problema es que ya no importa quién gane, mientras que esa sea la actitud que lidera, simple y sencillamente no hay capacidad de flotar.

El problema del sistema institucional norteamericano es cómo volver a restañar heridas. En ese aspecto quizás Biden, con un liderazgo más tranquilo pueda ser mejor alternativa que Trump, pero el problema está en la base, no en el candidato y lograr esto es el objetivo principal, luego del coronavirus, del siguiente presidente de los Estados Unidos.

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