(Archivo) Héroes del fuego

(Archivo) Héroes del fuego

Foto: Aton

En las intensas jornadas comenzadas el 18 de octubre de 2019, miles de bomberos tuvieron que salir a las calles de Santiago y regiones para minimizar los daños que cientos de manifestantes estaban causando. “Todos estábamos vueltos locos”, cuenta un voluntario.

La Institución, que data desde 1851, ha estado presente en las principales catástrofes de Chile, destacándose en los rescates de los diversos terremotos o el apaciguar los amenazantes incendios forestales. Incluso, su labor ha atravesado fronteras, llegando hasta Haití.

Este reportaje fue escrito entre septiembre y diciembre de 2019.

Por Francisca Escalona, Sophia Maraboli y Mateo Navas

“Bombero, amigo, el pueblo está contigo”. Así, los gritos de apoyo de los manifestantes provocaron un sonido armónico que fue capaz, sorpresivamente, de tranquilizar todo el agitado clima. Un carro bomba de rojo intenso –perteneciente a la 13° Compañía del Cuerpo de Bomberos de Santiago– pasaba tímidamente por la Alameda cuando se enfrentó a miles de manifestantes: estos, de manera automática, les abrieron paso entre aplausos, vítores y sonrisas. “¡Chi chi chi, le le le, Bomberos de Chile!” sonaba en las calles aledañas. El vehículo, a paso lento –debido a que iban de regreso a su cuartel luego de apagar un incendio–, disfrutó de la escena. Los voluntarios al interior del carro graban el momento con sus teléfonos, sabiendo que lo que estaban viviendo era único: los protestantes, esos que tenían una desconfianza profunda hacia la mayoría de las instituciones, les aplaudían con fraternidad; era una muestra palpable de unidad y de agradecimiento. Y por unos cuantos minutos todo se calmó. Se produjo un oasis en el centro de Santiago. Los perdigones dejaron de volar, las barricadas perdieron su calor y los gases lacrimógenos se diluyeron en el aire. El cálido apoyo a bomberos se tomó la calle y abrazó a los ocho voluntarios dentro del carro, un abrazo que iba dedicado a todos los bomberos del país.

Para la ciudadanía, los bomberos son personas valientes, vestidos con trajes especiales, con cascos robustos y que manejan camiones rojos que emiten sonidos agudos. Pero lo más interesante de todo, es que son voluntarios; no reciben ningún beneficio monetario a cambio de su trabajo. Ellos han sido los protagonistas de una de las semanas que pasarán a la historia de la política nacional. Ellos han podido unir al país cuando nadie lo logró, ni siquiera las fuerzas políticas o militares. Pero para lograr esto, hubo experiencias de cansancio, éxtasis y accidentes.

Fueron días completos donde cada ciudadano experimentó el poder que tuvieron las llamas: se paralizó el comercio, se suspendieron las clases, se cerraron las calles, se interrumpió el transporte, se cambió el gabinete, Sebastián Piñera pidió perdón, se anunció la eutanasia de la actual Constitución Política y el modelo de desarrollo nacional empezó a dar un tímido giro.

Casi la totalidad de los 50.000 voluntarios que se encuentran en el territorio nacional se pusieron su traje antillamas en estas fechas. Fueron decenas de miles de efectivos que salieron a las calles. Y si bien hubo momentos aislados de conflictos y de tensiones con su trabajo, la mayoría de ellos evalúa de manera positiva la reacción de la ciudadanía. En medio de la crisis surgió una paradoja: cuando todas las instituciones —desde los medios de comunicación, pasando por los Fuerzas Armadas y terminando en el poder Ejecutivo— sufrían de una baja popularidad y un escaso apoyo ciudadano, los bomberos celebraron sus mayores días de gloria.  “Nosotros damos nuestra vida, por salvar la tuya”, es una de las frases que más se repite dentro de los voluntarios. Acorde a sus testimonios, la cercanía con la gente y el carácter no lucrativo de la organización son los ingredientes perfectos para la construcción de una institución sana y de confianza.

Foto difundida en redes sociales en la que se ve a manifestantes de Valparaíso abriéndole el paso a bomberos

“Te llena el corazón y quedas con el pecho inflado cuando, al terminar de apagar un incendio, alguien se te acerca y te da las gracias. Por estos días mucha gente nos ha llevado cosas y se agradece”, dice Sebastián Sánchez, teniente de la 17° Compañía de Santiago. Sin embargo, no le cuesta esbozar una crítica a las grandes corporaciones que se han aprovechado de la contingencia: “Que las cadenas de gimnasios o Starbucks empiecen a darte beneficios, me tinca que es solo querer subirse al carro de la victoria y pienso en: ¿por qué no lo hicieron antes?”.

Y aunque se ven como héroes cuando están combatiendo siniestros o salvando a gente, los bomberos no son individuos sin vida, sin emociones: tienen familia, preocupaciones y proyectos personales. Tienen miedos, alegrías y recuerdos. Durante los primeros 30 días en que Chile vio el fuego los bomberos vivieron experiencias que, acorde a sus testimonios, nunca podrán esquivar. Noches en vela, más de diez días seguidos en guardia constante, tensión y el dejar de lado todo para enfrentar la crisis que atormentaba al país. Esa crisis donde se vieron muertes, llamas de decenas de metros, desapariciones y múltiples experiencias cotidianas que, en la ordinariez, se convierten en épicas, son solo algunas de las cosas que aparecen cuando recuerdan sus casos más emblemáticos como voluntarios.

El supermercado en llamas

“Es distinto cuando se queman árboles a cuando se queman supermercados o casas. Es distinto. Es distinto el contexto. Aunque el cansancio quizás sea el mismo, es distinto el contexto”, cuenta con un notorio cansancio Matías García mientras hace un recuento de su experiencia en una de las semanas que, acorde a su testimonio, más marcarán su vida. Su voz está cansada y sus hombros están curvos.

Cuando entró al Cuerpo de Bomberos a los 17 años, nunca pensó que iba a participar de algo así. Siempre creyó que la labor de los voluntarios estaría copada por accidentes menores. De hecho, fue un repentino incendio en la casa de su vecino lo que lo hizo meditar. Al conmoverse por las llamas y por el poder amenazante del fuego, tuvo una epifanía adolescente que lo obligó a tomar una decisión dos años después: entrar a la compañía más cercana. Necesitaba ayudar, sentirse útil, convertirse en un héroe detrás de un traje.

Desde ese primer día como bombero, Matías García ha protagonizado situaciones que han superado ampliamente sus expectativas: traumas y llantos en grupo han sido parte de esta aventura. Los monumentales incendios en la región de Valparaíso que parecían tener un alma propia, los aluviones en el sur que terminaban con casas y la vida de decenas de personas, y un complejo accidente en una casa de reposo de adultos mayores fueron los acontecimientos que marcaron su corta pero agitada trayectoria bomberil: “Ahí te empiezas a cuestionar todo. El por qué. El por qué nos demoramos tanto en salir; el por qué no hicimos esto; el por qué no hicimos esto otro. Muchos por qués”, dice.

Pero los hechos ocurridos en Santiago de Chile que partieron en el anochecer del 18 de octubre superaron cualquier expectativa. Dejaron a las experiencias previas en el baúl de los recuerdos.

Fueron seis supermercados, numerosas casas, dos estaciones de metro y un edificio los que García Ramos tuvo que tratar de salvar. Sin embargo, en la mayoría de ellos, fue demasiado tarde. Jornadas largas, mala alimentación, poco sueño, muchas amistades y fuego por doquier fueron los ingredientes esenciales de esta semana.

“Los más viejos de la bomba hablan del terremoto, que también fue totalmente distinto. Ellos dicen que este caso fue peor porque ese acontecimiento fue solo una vez, la cagada grande quedó una vez no más. Aquí, en cualquier momento, puede volver a quedar la cagada, y no sabes si va a quedar más grande o va a ser más chica que la anterior”.

Es esa incertidumbre la que hoy le sigue incomodando a este bombero de 22 años. Antes del 18 de octubre de 2019, García era un voluntario seguro, audaz y activo. Iba a todos los incendios que podía, subía fotografías de las llamas a sus redes sociales, hablaba de los incendios, participaba cinco días de la semana en actividades de voluntarios y contaba sus experiencias con mucha naturalidad. El fuego era una especie de cómplice, una forma de amigo indiscreto. Pero desde la tarde de ese día, esa jornada cuando Chile despertó (a gusto de unos o a disgusto de otros), todo cambió para él.

“Desde que partió esto el viernes han sido días difíciles. Difíciles, difíciles, difíciles. Si hacemos una comparativa con respecto a lo que fueron los incendios del sur, eso también fue una experiencia grande, pero fue distinto”.

El incidente que más lo marcó en las semanas del despertar ciudadano, fue su primer incendio en un supermercado. Las primeras veces quedan para siempre en la memoria, como un tatuaje de emociones que nunca se irá. Tienen una épica y una sensación especial única.

El ruido de los escombros cayendo fue lo que más lo asustó. Era fuerte, amenazante. Los objetos caían desde una altura de 10 metros, y dejaban un eco que entraba a los oídos de los testigos que se encontraban cerca del lugar. García los sigue escuchando, dos semanas después.

El viernes 18 en la mañana era un supermercado recién remodelado, con una gran recepción de un poblado sector de La Florida. Pero el sábado en la noche todo era ruinas. Calcinado. Su estructura de latón estaba derretida y los más de cien trabajos que ofrecía se esfumaron como el humo que salía por las grietas de metal.

Los saqueos en el Santa Isabel ubicado en Walker Martínez con Avenida La Florida empezaron ese mismo sábado en la tarde. Cientos de personas entraban, tomaban lo que querían o necesitaban y se iban. Algunos usaban automóviles, otras más audaces bicicletas y la minoría escapaba caminando o corriendo. Ninguna fuerza policial ni militar se acercó a reprimir la situación. Horas después el fuego se hizo presente, cobrando vida propia. Llegaron a producirse llamas de gran calibre, algunas, incluso, superaban los cinco metros de diámetro.

Cuando el reloj marcaba las 21:16 horas, la Novena Compañía del Cuerpo de Bomberos de Ñuñoa —más conocida como la “Bomba La Florida”— recibió una alerta más, de los cientos que obtuvieron ese fin de semana. La información era que había fuego en Walker Martínez 1786. García estaba en la estación, vestido y listo para ayudar. Pero cuando se dio cuenta que el accidente ocurría en un supermercado, esa vitalidad se redujo al mínimo. “Todos estábamos vueltos locos”, cuenta.

Y aunque un auto tradicional se demora nueve minutos desde la estación al lugar del siniestro, el carro bomba de la novena compañía llegó en menos de cinco. Los automovilistas abrieron paso y otras personas movieron escombros en calles aledañas. Esa fraternidad por parte de la ciudadanía lo sigue emocionando. “La gente, por lo menos en mi sector, fue un siete: nos sacaron las barricadas, nos aplaudieron y nos han ido a dejar comida”, relata emocionado.

Esa buena recepción por parte del ciudadano común y corriente lo sigue emocionando, ya que demuestra que su labor de voluntario es especial y se sale de lo que otras instituciones han hecho en la crisis. Esto, además, se junta con lo diferente que es Bomberos de Chile cuando se compara con sus pares de la región: las personas que apagan incendios en Chile son voluntarios. Ninguno recibe dinero por su trabajo. Esto, acorde a Matías García, genera una mística especial: “De verdad que tiene mística. Más que eso tiene un romanticismo. El tema del voluntariado es algo especial. Por eso que cuando preguntan si el bombero tiene que ser pagado la mayoría dice que no. Porque no se justifica. Esto es un voluntariado que tiene un romanticismo: tenemos nuestras tradiciones, tenemos todo un mundo de los bomberos. Claro que tiene una mística del cómo te reciben los viejos. En el caso de mi compañía tenemos 55 años, pero igual tenemos a nuestros viejos fundadores vivos. Y los viejos te enseñan cómo se sacaban la cresta para pedir plata, cómo lo hacían para construir el cuartel que hoy tenemos: los carros que tenemos y cómo lo pasaron mal. También nos cuentan los grandes incendios, las tradiciones. Hay una mística”.

Los testigos que miraban el incidente tenían sus celulares en las manos, grabando el crepitar de las llamas que aumentaban cada minuto. Era una imagen poderosa. El fuego crecía y el humo que se esparcía por el aire empezaba a incomodar a los transeúntes. Paralelamente, en otras zonas de La Florida, se encontraban barricadas y manifestaciones violentas.

Cuando llegaron al lugar, no sabían qué hacer. Por dónde ir y cómo abordarlo. Era un incendio al que acudieron decenas de compañías, por lo que no sabían a qué carro alimentar y qué priorizar. En total, al incendio acudieron más de veinte estaciones distintas, uno de los eventos con más ayuda voluntaria de los que ha participado.

Como era de noche García no veía bien. Lo único que lo iluminaba era el fuego frente a él; mientras más agua, más aumentaba. Cuando finalmente se pusieron en contacto con las otras compañías que combatían el siniestro, decidió –junto a sus compañeros de la novena– apagar el fuego lo más rápido posible para evitar que se extendiera a otros lugares cercanos.

Manguera en mano, posición firme, y casco bien puesto: el ABC de cualquier bombero con experiencia. Y Matías García, a unos quince metros del lugar, lo cumplió a la perfección. Fueron más de dos horas de trabajo intenso, pero su labor bomberil cumplió los objetivos centrales de la operación: que no se propagara el fuego a locaciones aledañas. No hubo lesionados de gravedad.

Ese fue el primer adelanto de sus próximas experiencias. Si bien relata que esta fue la que más lo marcó durante las semanas del estallido social, ahora es un bombero experto en apagar supermercados: “Llevamos tantos que ya estamos expertos en cómo trabajarlos. El primero fue una locura, pero hace unos días tuvimos el sexto y todas las compañías teníamos claro qué teníamos que hacer, por dónde teníamos que trabajar y cómo teníamos que hacerlo”.

Bomberos con doble militancia

El sábado 19 de octubre salió a la calle nervioso. Nunca lo había hecho así, en esas condiciones. Era bombero hace más de ocho años, pero algo lo incomodaba intensamente. Veía a los carros bomba pasar con sus sirenas trepidantes y sentía nostalgia. Él sabía que, independientemente de los acontecimientos, no volvería a ponerse el traje de bombero en el corto plazo. Su uniforme era otro y la misión era completamente distinta: resguardar la seguridad de los ciudadanos. Una tarea encomendada por el mismo presidente del país.

Gaspar Molina, de 23 años, estaba en la calle con otra vestimenta. Esta vez, de color verde musgo. Tenía unas botas cafés que se notaban duraderas y un casco poderoso que le hacía recordar al que usaba los fines de semana en la Compañía n°5 de Ñuñoa. Como si fuera poco, una bandana recorría la parte baja de su cara y sus manos sostenían un fusil brillante y pesado, color negro. Era como cambiarse de equipo de fútbol de la noche a la mañana.

Esa nostalgia demostró sus dos vidas; sus dos almas; sus dos militancias. Los fines de semana ordinarios iba a su compañía de bomberos a ayudar a la gente en problemas: apagarles sus casas, salvarlos de accidentes automovilísticos, entre otros. Pero ese sábado, su plan era totalmente distinto. Tenía un arma de fuego que descansaba en sus brazos y no estaba listo para ayudar, sino para intimidar y reprimir.

Se sentía nervioso. Había salido múltiples veces a la calle en calidad de bombero, pero no de militar, solo en las paradas oficiales. Ese sábado, sin embargo, no era un simulacro. Tenían instrucciones claras desde la dirección, las cuales, por obvias razones, no se pueden transparentar en este reportaje.

La semana que estuvo en terreno, siempre pensó en su compañía. Quería ir a saludar a sus compañeros, preguntarles por sus experiencias y ayudar en labores de rescate. Quería vivir el ambiente de tensión, pero a la vez el de comodidad que se experimenta comúnmente en los cuarteles. Pero desde ese sábado, él sabía que nada volvería a ser igual. “Sé que en algún punto de mi vida lo tendré que dejar porque no quiero estar en la lista si es que no soy un aporte. Tarde o temprano me iré destinado a alguna parte de Chile. Es un compromiso súper importante, y como se dice dentro de la institución, ‘lo único voluntario que tiene el ser bombero, es el tocar la puerta para entrar, luego son puras obligaciones’”, cuenta apenado.

Esas experiencias en el cuerpo de bomberos lo hicieron meditar. Él sabía que era bueno ayudando gente. Tenía un correcto estado físico y quería estabilidad. Y tal como aquel entonces −cuando pasó por la micro, tocó el timbre, se inscribió como brigadista y decidió lo que marcó su vida−, Molina decidió fugazmente ingresar a la Escuela Militar, donde actualmente estudia para ser oficial de Ejército. Esto significa que vive en un “régimen interno”, por lo que no puede atender el llamado de su alarma inalámbrica que lleva consigo siempre.

Esto ha interferido en su labor como bombero porque no tiene el tiempo necesario para preocuparse de su voluntariado en totalidad. Las emergencias a deshora no están permitidas en el ejército. El compromiso es enorme. En sus escasos días libres trata de dedicar el máximo a la bomba. “Solo salgo los viernes en la noche hasta domingo en la noche y eso ha reducido mucho mi aporte como bombero. De todas formas, los sábados soy instructor ayudante de la Brigada Juvenil de la compañía y así he podido mantenerme siendo un aporte para mi institución”, cuenta.

Molina se siente completamente motivado por la honrosa labor de ser bombero. Algo en las entrañas de su ser lo hacen levantarse, incluso, cuando está cansado. “A veces uno no quiere más y está cansado, pero alguien tiene que hacerlo e igual me llena caleta”, asegura.

Pero el militar no es el único con el corazón dividido. Sebastián Sánchez, teniente de la 17° Compañía de Santiago, una bomba especialista en agua y materiales peligrosos como ácidos y gases ha hecho malabares para poder cumplir.

Sánchez es productor audiovisual de Mega. Y mientras la televisión ha sido altamente cuestionada en las últimas semanas por la cobertura del estallido social, los bomberos han sido los héroes del Chile que despertó. Es por eso que para él es un limbo constante. “Es difícil porque por un lado estas con todo el apoyo de la gente, eres valorado y te aplauden. Pero por otro, te gritan constantemente que la tele miente”, asegura.

Es esta doble militancia, la cual le generó una intensa incomodidad durante los primeros días de la crisis social, lo obligó a resguardarse en torno a qué decir y qué publicar en sus redes sociales. “A la gente le gusta meter a todos en el mismo saco y si subo algo de la marcha, al tiro dirían ´bomberos apoya las manifestaciones´ y no es la idea. Hay que mantener la labor separada de las peticiones sociales”, cuenta.

Su ingreso a bomberos no fue fortuito. Dentro de su familia la gran mayoría son voluntarios. Su madre, la única que no forma parte de la institución, se lleva constantemente los peores sustos de que sus dos hijos y esposo se enfrenten a las fulminantes llamas. La resignación y la paciencia ya son sus aliados.

Ya lleva seis años y sus propios compañeros lo nominaron como teniente. Dentro de bomberos existe una jerarquía, sin embargo, para poder acceder a dichos cargos, el mérito es un factor fundamental. Anualmente se proponen y votan los comandantes, tenientes y directivos.

Desde aquel 18 de octubre el acuartelamiento fue total. Lo anterior implica que cada compañía debe disponer en el cuartel la cantidad de voluntarios para llenar los carros que tenga, es decir, que si hay tres carros disponibles —cada uno con capacidad de ocho bomberos—, se exigen 24 miembros fijos. Adicionalmente, uno o dos deben quedar al cuidado de la bomba.

Sebastián, en unos sencillos jeans y polera negra, una tenida cómoda después de estos días, reduce la descripción del estallido social a “días intensos”. Los llamados aumentaron de diez semanales a 300 en los primeros tres días. Y pese a la revalorización que se ve de la institución eso no siempre fue así. “Al principio, la rabia era con todo. Cuando llegamos al incendio de Enel, no sabíamos cómo iba a reaccionar la gente, había mucho descontento y enojo con todo, incluso, con nosotros”, relata.

Incendian el edificio corporativo de Enel/ ABC

A pesar de eso, el difícil ambiente rápidamente se tornó a favor de bomberos.  “Íbamos a una emergencia y la gente corría los escombros, las barricadas y hacían espacio para poder pasar. Cuando fuimos al incendio de la Universidad Los Leones nos daban agua con bicarbonato, ayudaron a sacar mangueras. Nos ganamos el respeto”, sostiene Sebastián.

Respecto a los crecientes rumores de montaje, el teniente y productor audiovisual es enfático en mencionar que hacer ese tipo de acusaciones no es parte de la labor de bomberos. Le baja el perfil y señala que “para eso está la justicia. Nosotros dejamos constancia de lo que hacemos y vemos al llegar al lugar, pero no debemos hacer ese tipo de suposiciones, es súper irresponsable”, declara bastante serio mientras se toca la oscura barba que cubre parte de su rostro.

Sin embargo, sostiene que el fenómeno de dejar que el fuego se propague a cada rincón antes de dar paso a bomberos es algo que se da comúnmente, especialmente en lugares más vulnerables. Es allí, donde esto funciona como una forma de venganza para manifestar descontento con dicho establecimiento, según cuenta.

Una estrecha relación con la muerte

Es difícil encontrar bomberos que no hablen de su experiencia con la muerte.

Es una relación cercana, íntima, que no se va fácilmente de los recuerdos. La gran mayoría de los voluntarios ha presenciado fallecimientos. Algunos de lejos, otros de cerca. Algunos no logran llegar a tiempo, otros no pueden hacer nada para salvarlos. Algunos experimentan la muerte en sus brazos, otros frente a sus ojos. Acorde a sus relatos, la primera muerte es la que más marca.

Durante el estallido social comenzado a mediados de octubre murieron más de veinte personas. El lunes 21 de ese mes fue el peor: diez individuos fallecieron producto de distintos motivos. Si bien no todas las muertes fueron producidas en incendios, por lo menos nueve sí. La mayoría, sin embargo, no mueren producto de las llamas, sino que por los gases tóxicos que emanan del fuego. La víctima se asfixia, no puede respirar y sus conductos respiratorios son invadidos por un aire negro y amenazante. Es una muerte lenta y trágica.

Cada voluntario enfrenta la muerte con diferentes mecanismos. Según Molina, “todos los sobrellevan de maneras distintas, echando la talla, hablando o simplemente encerrándose. Hay gente que ha llorado por las noches y uno los escucha, pero entiende que necesitan estar solos, todos tienen formas distintas, pero solo sucede con el primer muerto, al menos que yo haya visto”

De hecho, para Molina, su mayor trauma en la experiencia bomberil se remonta a 2014, cuando llevaba solo unas cuantas semanas de voluntario. Y si bien tenía miedo de la situación, tuvo que ir a atender a una persona que agonizaba en el piso. Sin embargo, fue cosa de tiempo para que falleciera. “Es súper fuerte al principio, porque quizás como no se tiene experiencia, uno no está acostumbrado. Entonces uno duda en un comienzo, pero con el tiempo uno agarra la práctica y genera confianza, por lo que se hace más fácil. Pero lo más duro es perder a una persona”, menciona emocionado.

Pero independientemente del trauma que se vive cuando una persona pasa de ser un ser viviente a una víctima fatal, los voluntarios son enfáticos en mencionar que es un proceso necesario en la etapa bomberil. Es un hito negativo pero relevante en la carrera de cualquier bombero emergente.

“Cuando tuve mi primer muerto no aparecí por la compañía por dos semanas e incluso me quebré en silencio. Esa fue mi manera de superarlo, me encerré y entendí por mí mismo que así son las cosas. Pero tengo compañeros que se han quebrado con nosotros, que dicen que las emociones los superaron. Y uno como bombero a veces, aunque suene feo, tiene que ser frío porque uno no puede quebrarse en el momento. Uno tiene que seguir focalizado en la emergencia. Si te quiebras, pones en riesgo la vida del resto de pacientes o la de tus compañeros porque te puedes convertir en un estorbo”, narra Molina.

Algo similar le ocurrió al voluntario Matías García. Fue un incendio a finales de junio del 2018, justo en el día del bombero, en una casa de reposo de Capredena ubicada en la Avenida General Arriagada 450, en la comuna de La Florida. El fuego comenzó débil, pero con los minutos empezó a tomar forma. En total, el siniestro afectó a 134 personas, la mayoría de ellas con problemas de movilidad. Al poco tiempo de iniciado el fuego, más de 180 voluntarios llegaron al lugar. Matías García sigue recordando el evento con muchos detalles y su voz denota que le siguen penando los fantasmas de esa noche: “Fue justo para el día del bombero. 30 de junio. Día sábado. Estábamos haciendo una pequeña celebración en la bomba. Habíamos hecho algo que se llama ‘cuartel portada abierta’, donde los civiles pueden ir al cuartel y ven el carro. Ahí se prende una sirena. Salió un despacho que decía ‘fuego en hogar de ancianos’. Ahí llegó el primer carro, de la décima compañía. Ellos dijeron ‘fuego en segundo piso en hospital de rehabilitación Capredena’. Llegamos. Teníamos que alimentar el carro de la décima. Lo hicimos y nos mandaron a hacer búsqueda y rescate. Era la primera vez que iba a hacer una búsqueda y rescate con certeza de que había gente en el interior. Hubo una desorganización horrible del hospital: no sabían qué personas tenían arriba, con qué enfermedades. Fue…fue… sacar personas… sacamos seis personas y fallecieron cuatro. Dos ya estaban muertas en el lugar. Ahí, por primera vez, se me murió una persona en mis manos. Había otra persona que tenía obesidad mórbida, diabetes y sus piernas ya no estaban. Pero fue imposible sacarla. Se nos murió ahí. Éramos diez bomberos. Fue horrible verlo en las noticias y ver nuestro carro. Fue demente y me dejó mal”.

Nicolás Vegas, un tímido voluntario de la 13° Compañía del Cuerpo de Bomberos de Santiago, recuerda como si hubiese sido ayer, aquel accidente que ocurrió hace cerca de diez años. A los 12 ingresó como brigadier en la Compañía de San Vicente de Tagua Tagua, una pequeña localidad con cerca de 46 mil habitantes, por la carretera de la fruta, en las cercanías de la Región de O’Higgins. Ya con la mayoría de edad, juró como voluntario. De eso, ya han pasado 12 años.

“Para mí era súper entretenido. Como éramos chicos, todo te lo muestran como juegos, fingíamos estar atrapados, que sacábamos gente de un auto y así, pero en el fondo, te enseñan a ser buena persona”, recuerda.

Sin embargo, cuando le preguntan por la experiencia que más lo ha marcado no duda. “Uno nunca está preparado para algo así, haces cursos, te enseñan técnicas, pero para la muerte nadie te prepara”, reflexiona con la garganta apretada.

“Llevaba como tres años de voluntario, era cercano al 21 de mayo, y dieron alerta de búsqueda porque se había perdido un niño. En las localidades más rurales cuando se pierde alguien se llama a Carabineros y a bomberos, porque hay ríos, cerros y lugares peligrosos. Era domingo en la noche. Estaba muy obscuro. Nos empezamos a preparar y nos llaman nuevamente y nos informan que lo encontraron, pero que necesitan ayuda para sacarlo. Era una casa bastante humilde. En el mismo recinto había un riachuelo muy pequeño, pero profundo. Había un puente de madera y el carabinero se posa en el centro, alumbra hacia abajo y entre muchos palos, donde estaba el canal se veía un zapato negro. El chico se debió haber caído, golpeado en la cabeza y quedó en el río. Se empezó a acercar más gente, a ver el cuerpo y la parte morbosa de la situación. El que estaba a cargo, me dijo a mí y a otro voluntario: ‘bajan, lo sacan y lo traen’. Indicaciones súper claras. Bajamos y me lo cargué al hombro. El niño andaba con un blue jeans, zapatos negros, una chalequita, tenía unos seis años. El cuerpo estaba como flotando, no estaba enganchado en ningún lado, solo había que sacarlo. Nunca le ví la cara. Se lo pasé a mi compañero que lo subió por la escalera y cuando salimos, nos percatamos que dentro de la casa donde estaba su mamá, el papá andaba en Santiago, había muchas latas de cerveza, mucho alcohol. No te explicas cómo se te pierde un niño, cómo se te pierde en esa situación y bueno el alcohol, ya es matemática simple. Cuando llegamos al cuartel, lo primero que nos pasan como ‘apoyo’ nos entregaron una botella de pisco. Pero cada uno se fue para su casa, yo tengo una sobrina que en ese momento tenía la misma edad y el mismo porte del niñito. Llegué a la casa y ella estaba durmiendo, llegué abrazarla no más, tenerla, saber que estaba ahí. Creo que eso ha sido lo que más me ha costado”, relata Nicolás a punta de lágrimas. La vestimenta del pequeño niño que vio morir se mantiene intacta en su mente.

El dolor nunca se supera. Solo se aprende a vivir con él y a seguir en la labor bomberil. “Siempre se recuerdan esas cosas, pero te marcan, son difíciles, nunca las superas”, concluye.

Gonzalo Sandoval, un joven con cara de buena gente, voluntario de la 13° Compañía del CBS, es enfático en decir que “los accidentes con niños son los que más te marcan”. Parece ser que la niñez despierta una necesidad de cuidado, de protección y ver truncado ese propósito resulta petrificante, incluso, para los bomberos. “Era un incendio en unas medias aguas, unas construcciones medias hechizas, pero por alguna razón muy bien hechas. El segundo piso era de lata, pero la ventana tenía esas típicas rejas de protección que estaban muy bien soldadas y no se podían romper, pese a nuestros constantes intentos. Era desesperante porque tratábamos y tratábamos, mientras del otro lado veíamos a los niños gritar y pedir ayuda. No podíamos hacer nada. Era desesperante. Los vimos quemarse, carbonizarse, sin poder romper los fierros. A los voluntarios que estuvimos ahí, nos tuvieron que llevar a terapia porque fue muy fuerte para todos. Además, hacíamos conversatorios, lloramos juntos. Fue muy fuerte”, relata con una mueca triste que ensombrece su cara de bonachon.

A sus 75 años, su rostro un tanto arrugado y unos lentes acordes a su edad, Guillermo Quiroz, es audaz en buscar en su memoria el hecho que más lo ha marcado en sus ya casi 50 años de servicio. Con una polera a rayas, unos pantalones color caqui, cruza sus manos y  su voz se nota apesadumbrada y reflexiva. “Era un incendio en la José María Caro, eran dos casas afectadas. Antes había unas cocinas a parafina, esa era de marca Master. La mamá, muy joven y linda, calentó una tina chiquitita para bañar a la guagua. Por esos años, las mujeres usaban toda la ropa interior en base a nylon y esta niña, estaba sola en la casa, debió haber ido a buscar algo y cuando se percató había fuego donde estaba la tina con su guaguita. Al tomar a la guagua, se le prendió la ropa y el pelo. Cuando me tocó hacer la investigación a mí, al llegar al lugar, a la mujer se le habían desprendido los dos senos, era un agujero. Era una niña de 26 años. Quedamos todos muy afectados, los siete voluntarios que estábamos ahí. Yo quedé cagao’  mucho tiempo. Tuvimos que ir a terapia. El olor me quedó en la nariz mucho tiempo”.

Su nieta, Valentina Díaz, ha estado desde muy pequeña ligada a las actividades bomberiles. Dentro de su familia todos son voluntarios por lo que las celebraciones familiares fueron interrumpidas en más de una ocasión. “Tenía seis años, cuando llamaron a una emergencia, de un brazo me agarraron y subieron al auto para ir al incendio. Me quede en el carro y desde arriba pude ver cómo iban sacando los cuerpos en espera a que llegara el servicio médico legal. No sé si estaban muertos por asfixia, pero estaban carbonizados. A esa edad no lo relacionas, pero ahora lo analizas y te choca”, comenta mientras se acomoda el cabello largo, rubio y rizado.

13°Compañía del CBS: en segunda línea

En jerga de Carabineros, la primera línea es la más cercana y expuesta al conflicto. En este caso, la 13° Compañía del Cuerpo de Bomberos de Santiago, ubicada en Eliodoro Yáñez, al llegar a Providencia y el Parque Balmaceda, es la segunda bomba más cercana a Plaza Italia, el lugar donde se experimentan los nacimientos de los movimientos sociales más profundos de Chile. Desde octubre de 2019, no ha sido la excepción.

El viernes 18, el llamado a acuartelarse comenzó temprano. Nicolás Vegas estaba de vacaciones en su ciudad natal, San Vicente de Tagua Tagua, cuando comenzó el estallido social. Las protestas interrumpieron su descanso. Tuvo que acercarse a su compañía lo más rápido posible. Cuando llegó se encontró con voluntarios cansados, que habían pasado largas jornadas apagando incendios, un cansancio físico y emocional. La situación era compleja.

Acorde a su testimonio, el episodio más impactante fue un incendio en una salsoteca que quedaba ubicada en plena Alameda. Sus llamas consumieron la totalidad del local y terminaron con un negocio que llevaba años de actividad. Sin embargo, Nicolás Vegas vio una imagen que lo impactó muchísimo más que las llamas. “Me disgustó estar ahí. Me pareció súper… no sé, cínico por decirlo así. Mucha gente sacándose fotos como ‘aquí ayudando a bomberos’ y fotos solo para decir ‘yo estuve aquí’, es súper triste. Eran como turistas de emergencia, gente que no viene a ayudar, sino a puro sacar fotos”, cuenta.

Pero a pesar de estos acontecimientos de displicencia por parte de los testigos, Vegas es enfático en mencionar que la labor de bomberos siempre seguirá vigente: “La verdad es que pase lo que pase, bomberos va a estar ahí para ayudar. La gente está molesta y hay que tener cordura mental para ayudar a quien lo necesite. Como todos se atacan contra todos, incluyendo Carabineros, todos han perdido el ayudar. Y cuando ven que alguien lo hace, obvio lo van a salir a vitorear”.

Para Vegas, que bomberos sea la institución mejor evaluada en las últimas semanas no es azaroso y lo relaciona con la transparencia. “Yo creo que la única democracia real son los bomberos. Tenemos elecciones una vez al año y no se hace campaña, uno no se postula. De acuerdo con tus capacidades el resto de tus compañeros te propone para ese puesto. Votamos todos los cargos y si no lo hiciste bien en el año que dura tu mandato, no te eligen al siguiente. Es jerárquico, sí. Pero quién nos dirige lo proponemos y elegimos nosotros”, cuenta.

La especialidad en rescates de altura les ha servido en los últimos días. Tres carros funcionales de agua y escaleras de 32 metros de alto les han permitido ayudar en los incendios del sector.

Gonzalo Sandoval también es voluntario en dicha compañía. Tiene una sonrisa permanente, un pelo abultado y una estatura reducida. Es el único en su familia que le llamó la atención participar de bomberos. Acorde a su testimonio siempre le gustó ayudar a otras personas. Cuando entró a la Universidad de Chile a estudiar Ingeniería Comercial, conoció a una persona que lo incentivó a entrar a su compañía. Para él, nunca es tarde para dar el salto al voluntariado bomberil.

De eso, han pasado cinco años y no se arrepiente. “Estos días hay un compromiso importante de los voluntarios. En la compañía hay 14 camas para quienes hacen guardia nocturna, pero había 25 voluntarios. Algunos tenían que dormir en el piso y el cansancio acumulado era mucho. Hubo un compañerismo mucho más grande, para ir cambiando, que se pudiera descansar y reponer para la siguiente emergencia”, relata.

Cuando se le menciona la gran popularidad de los bomberos en estas últimas fechas se pone incómodo y le baja el perfil. Afirma que el trabajo de los voluntarios es clave para generar una paz social pero no afirma que exista una mística especial dentro de esta organización. Sin embargo, no niega que dentro de los cuarteles se desarrolla una unión que es distinta al resto de las instituciones: “Hay una unión particular. Hay un ambiente diferente. Cuando pasas tantas cosas en conjunto se forma una amistad y un compañerismo diferente al que puedes tener con tus amigos de la U, con los del fútbol o cualquier otro. Es algo que estando fuera no se entiende”, afirma.

Ante las emergencias de los últimos días, Gonzalo ha participado principalmente en las guardias nocturnas. Le gusta cuando el sol baja, cuando la luna aparece y las protestas estallan. En la noche hay un ingrediente especial que los días no tienen. Las llamas se ven con mayor claridad y su experiencia se multiplica.

Las primeras noches del estallido social, cuando todo era llamas e incertidumbre, lo hacen recordar la labor de los militares y los toques de queda. Sentía la tensión y el silencio en las calles. No había autos, no había perros. Era un sigilo que de un minuto a otro se rompía con una barricada o con un incendio. Ante esto, Sandoval dice que en” los toques de queda era donde más tensión había. Porque a diferencia de lo que vivimos en los incendios de Valparaíso, donde también había militares y estado de emergencia, yo me sentí resguardado ahí. Ellos estaban en la misma parada que tú, de ayudar, allá fue un plus. Ahora, tú ibas a apagar un incendio y había gente apuntando. Fue súper tenso”.

Pero las noches no eran todo. Sandoval también participó de actividades durante la tarde.

El ocho de noviembre llegó a su compañía temprano. Pensaba que sería un día normal, ordinario. El movimiento social había bajado su intensidad, se habían registrado siniestros pequeños en las cercanías de la estación. Todo estaba medianamente tranquilo hasta que recibieron el llamado de una universidad en llamas. Y si bien al principio pensó que sería un pequeño incidente, minutos después se vio enfrentado a un monumental incidente. Las llamas al interior de la Universidad Pedro de Valdivia estaban descontroladas y crecían cada minuto. Frente a sus ojos veía el patrimonio viviente consumiéndose por el poder infinito del fuego.

Incendian la casona Schneider, sede de la Universidad Pedro de Valdivia/ Foto: Aton

“Veníamos de otro incendio cuando nos llamaron, no alcanzamos a cargar las mangueras, las echamos todas desordenadas y cuando llegamos había gente que nos aplaudía así que les pedimos que nos ayudaran. Ya veníamos cansados, entonces fue buena la ayuda de la gente”, relata sobre ese día.

Pero a diferencia de otros relatos, donde se menciona la gran acogida por parte de la ciudadanía, Sandoval establece una diferencia. Destaca, incluso, que el trato con bomberos no siempre fue amigable. El primer día estuvo lleno de tensión e incertidumbre. “Tuvimos que conversar con la gente, explicarle que si no apagamos ese incendio se podía propagar y afectar las casas de la gente”, comenta reflexionando sobre la evaluación del caos.

“Fue súper impactante cuando fuimos al incendio del metro San Pablo porque es algo de uso tan público, verlo completamente destrozado. Es intenso”, en sus palabras todo ha cambiado.

Estación del metro San Pablo destruida/ Foto: Agencia Uno

Incluso, el trabajo con Carabineros ha sido diferente según describe Gonzalo Sandoval. Antes era importante que agentes policiales resguardarán el perímetro del incendio, mientras que hoy es mejor que no se aparezcan por la emergencia. Acorde a su testimonio, el hecho de que los acompañen hasta el lugar del siniestro genera problemas porque algunos manifestantes se enfrentan con las autoridades policiales, interfiriendo negativamente en la faena bomberil.

Sin embargo, no quiere establecer un juicio de valor en torno al trabajo de Carabineros, debido a que es una institución clave para su trabajo: “Bomberos en general es súper cercano a Carabineros en sus labores bomberiles diarias. La verdad es que me cuesta mucho tomar una postura en contra de ellos, como de ‘pacos asesinos’. Yo creo que ni ellos quieren estar ahí”.

Un voluntario 24/7

Lleva 11 años de voluntario y una rutina muy intensa. “Soy guardia nocturno. Me levanto temprano y me voy a mi casa a ducharme, buscar almuerzo y me voy a trabajar. A las 19.00 entró a la universidad y cuando termino las clases, me paso a la casa, como algo y me voy a la guardia. Así todos los días”. Ese es un día normal en la vida de Aguilar, voluntario de la Quinta Compañía de Bomberos de San Joaquín.

Nicolás es padre de una niña de cinco años que debe cuidar en medio de los intensos turnos nocturnos. A sus 26 años está por sacar su carrera de ingeniería industrial en la universidad San Sebastián, luego de haber cursado el técnico en electricidad y electrónica.

Es alto y esbelto. En su cara se refleja una mezcla de juventud y un cansancio temprano. El “atento a tono” es una frase recurrente en la guardia con ya está constituido el grupo que se mantendrá en vela.

La estadía nocturna es una de las más duras. Se debe dormir con un ojo a medio cerrar esperando ver si la baliza suena y la alarma notifica una nueva emergencia. Entre noches en tensión vive el voluntario. Ese es su hábitat natural. En ocasiones el desvelo es obligatorio porque las llamas de una casa piden auxilio.

“Trato de no quedarme hasta tan tarde para no ir a trabajar tan cansado. A veces me tomo un café o una energética para seguir. Obvio hay ocasiones en que revientas y colapsas, pero ya adecúe mi vida así. Esto es lo que me llena”, comenta sobre quedarse largas noches sin dormir al son de las llamas de la noche.

Aquel viernes 18, nada era diferente. Aguilar hacía su rutina como cualquier otro día, hasta que le cancelaron las clases en la universidad y prontamente lo llamaron a acuartelarse. La primera emergencia que le correspondió atender fue el incendio del Metro Pedrero. “No nos dejaron trabajar, la gente estaba enojada con todo, de ahí con los días nos empezamos a ganar el respeto, pero no fue al tiro”, relata.

Durante los días posteriores, y debido al conocimiento en primeros auxilios que tienen los bomberos, su compañía comenzó a atender a heridos de perdigones y lumazos: “Llegaba gente con la nariz rota porque tenía un perdigón, gente con las costillas rotas y diferentes lesiones. Ahí atendimos más emergencias de ese tipo, que incendios propiamente tal”.

La tensión era una sensación constante. “Muchas veces tuve miedo, cuando íbamos a una emergencia realmente no sabías a qué te ibas a enfrentar, ni cómo iba a reaccionar la gente”.

“En el incendio de Fashion’s Park cuando íbamos en camino, al lado de nosotros pasó un furgón de Carabineros y lo empezaron a apedrear, nosotros íbamos al lado. Casi nos llega a nosotros y por suerte, no nos pasó nada. La rabia con los pacos es mucha, tenerlos cerca es puro caos. Te desconcentra estar con eso al lado mientras apagas un incendio. Ahora ellos ni van a los incendios. No se acercan. Y para nosotros es mejor”. Nicolás continúa el relato cuando los reubicaron al incendio del Seremi que se encontraba cerca.

Como muchos otros voluntarios fue a diferentes supermercados que se encontraban en llamas, pero “una de las que más me impactó fue una en San Joaquín donde Bimbo tiene un centro de distribución. La gente ingresó y se comenzó a llevar los camiones, las camionetas y en medio de la calle las incendiaba. Ver todo destruido es lo que más te choca”.

Valentía en tiempos difíciles

Felipe Monsalve no considera que su inicio en bomberos haya sido en 2012 cuando asumió como voluntario oficial para la Segunda Compañía de Bomberos de Quilpué o cuando se unió a los 14 años a la Brigada Juvenil cuando su porte no superaba al común de los niños de su edad. Según su testimonio, su inicio en esta institución se remonta a los 13 años, cuando tocó la puerta de la compañía ubicada en la calle Esmeralda. Considera ese inicio puesto que fue ese día cuando decidió que él sería, en su futuro, un hombre que tuviera puesto el uniforme de bombero para ayudar a quienes lo necesitaran. Y lo logró. Hoy, con una altura de casi dos metros, lleva más de 7 años de servicio.

Pero llegó un 16 de diciembre del año 2012. Llevaba tan solo unos meses desde que había asumido cuando recibieron un llamado de incendio en la Villa Los Fundadores. Su compañía se trasladó con la rapidez que los caracteriza y, al llegar, notó no solo las grandes llamas, sino que divisó que se trataba de una mediagua con pocas posibilidades de ser salvada.

Mientras apagaban el incendio, Felipe Monsalve escuchaba cómo los vecinos avisaban que dentro del hogar se escuchaban gritos que ellos no pudieron salvar. El bombero se concentraba en pensar que eso fuese falso, que los gritos provenían de otro lugar. De una vecina asustada, quizás. Pero sus esperanzas se fueron cuando el dueño del hogar llegó preguntando por su mujer. Su desesperación hizo que entre varias personas tuvieran que contenerlo.

El bombero quitó estos pensamientos de su cabeza y, entre la adrenalina, fijó como su meta detener las llamas. No volvió a pensar en eso hasta cuando el humo blanco y la madera carbonizada era todo lo que cubría el lugar. Era el momento en que se debían remover escombros.

El cuerpo quemado de una mujer de 30 años fue una imagen que Felipe difícilmente olvidará. Fue la primera muerte que vivió como bombero. Pensaba en ella, en su esposo, en las fiestas que se aproximaban. No dejo de pensar en ella por varios días. Se culpaba por no haberla salvado, por no llegar a tiempo. Sus pensamientos lo llevaron a buscar su historia en los diarios. Y la imagen de su cara en blanco y negro le impactó.

El incendio ocurrió a raíz de una discusión con su pareja, el hombre que desesperadamente la buscaba ese día. El hombre, borracho, decidió dejar la discusión y a la mujer en su casa para ir a comprar más alcohol. Fue entonces cuando ella decidió quemarse a lo bonzo con parafina llevándose su vida y su hogar. Su esquizofrenia no aportó tampoco a la situación.

A mediados de abril de 2014, las postales de Valparaíso mostraron cerros completamente anaranjados por los incendios. Porteños perdían sus viviendas completas a causa de oleadas de fuego que terminaron, según medios nacionales como La Tercera, con 2.900 hogares destruidos, 12.500 personas damnificadas, 15 víctimas fatales y más de 500 heridos, siendo declarado como el segundo mayor incendio urbano de la zona.

Por esos días Felipe y su compañía, iban tras el fuego para que no siguiera propagándose hasta los pies del cerro donde lo destinaron en esa ocasión. “Ahí fue fuerte igual cuando declararon Estado de sitio. Los militares sacaban gente no más, no les preguntaban, los tomaban y los sacaban. Era muy bruto todo”, cuenta.

Sus recuerdos lo llevan a una familia de una casa rosada. El fuego venía consumiendo el cerro desde varias horas y los bomberos luchaban para que este no siguiera avanzando. Fue entonces que la familia esperaba fuera de su hogar para controlar que no se quemara. Felipe se acercó antes de que llegaran los militares bruscamente a sacarlos y les dijo que se fueran tranquilos, que había cuatro carros bomba controlando el lugar, por lo que su hogar difícilmente correría peligro. La familia le agradeció y se fueron. Cinco minutos más tarde de este suceso, el agua de los grifos se acabó y el agua con la que contaba bomberos en sus carros no era suficiente para controlar el fuego que amenazaba la casa rosada, la cual finalmente terminó quemada.

Esa misma frustración de no poder salvar todo lo que ve ya la había vivido un año antes, el 14 de febrero, en la localidad de Rodelillo. Este cerro con casas pequeñas y construidas en la altura terminó con 300 casas quemadas aproximadamente. Las personas, desesperadas, no se fueron a resguardar a lugares seguros, sino que subían una de las tantas escaleras de Valparaíso y desde las alturas observaban cómo sus hogares eran destruidos por las llamas. A esa distancia los bomberos podían escuchar los llantos y gritos de las personas:” Creo que eso me afecta más que se destruya algo. Ver las reacciones de las personas, eso me hace muy mal. Me quiebra y no sé cómo manejarlo aún”.

Incendio en Valparaíso en marzo de 2014/ Foto: CHV

El 19 de octubre fue la fecha en que Monsalve se acuarteló en su compañía en Quilpué, que, si bien la ciudad no presentó las dimensiones que otras ciudades de Chile, como por ejemplo Santiago o Concepción, sí tuvieron disturbios como el incendio de la farmacia Ahumada en pleno centro o el incendio de su propia municipalidad.

El bombero estuvo presente en el primero. En ese momento estaban nerviosos. No sabían cuál iba a ser la respuesta de los manifestantes ante su presencia. El capitán salió en una camioneta a verificar cómo estaba el ambiente para avisar que era seguro ir.

Antes de salir, solicitaron a carabineros resguardo policial, pero en camino con el carro bomba, Felipe y sus compañeros dieron cuenta de que las personas que estaban en la calle tenían una reacción diferente a la que ellos creían: sacaban barricadas, daban instrucciones para salir del camino con rapidez o mientras pasaban, aplaudían. Según lo describe, era una situación completamente diferente a la de, por ejemplo, los grandes incendios de Valparaíso o aquellos del día a día, en que la gente, a causa de las pérdidas, puede llegar a reaccionar de forma violenta.

A causa de la incertidumbre que hicieron tardar unos minutos, el fuego no solo quemó una de las farmacias más grandes de Quilpué, sino que además 6 locales comerciales que estaban alrededor de esta. Aunque no controlaron el incendio a tiempo fue, desde ese momento, que la compañía salía con la seguridad de que las personas no harían su trabajo más difícil.

Desde que comenzó el estallido social, han sido días intensos para Felipe y su compañía. No tantos como las compañías de Santiago -dice-, pero, de todas formas, han vivido de cerca las manifestaciones. Tanto así que incluso han tenido bombas lacrimógenas dentro de la bomba. Sin embargo, son los mismos manifestantes quienes los protegen y retiran los gases del lugar.

“La manifestación social es una máxima de lo que uno siente y lo que se ve reflejado en la gente con bomberos, es muy bonito. A mí me gusta mucho. Es un pago, como de un millón de dólares, pero en la guata” – menciona con la placidez que lo caracteriza en su voz.

A más de un mes del inicio del estallido social que se generó en distintas ciudades y pueblos del país, ya no se escuchan las intensas sirenas como antes, ya no se ven las luces cegadoras de los carros bomba y ya los autos no tienen que cederle el paso a las compañías que van en busca de salvar algún inmueble. Y si bien existen algunos casos aislados, las barricadas disminuyeron, los incendios se debilitaron y los accidentes ya no son tan recurrentes. Los Bomberos de Chile, una institución que data de 1851, despertó ese 18 de octubre con un mandato claro y con lo que más les gusta hacer: ayudar al país. Con una misión ciega y con una dedicación que traspasó fronteras –llegando incluso a protagonizar reportajes en la prensa internacional–, decenas de miles de voluntarios coparon las calles del país con sus trajes gruesos, sus botas robustas y sus cascos impenetrables. Era un ejército ciudadano contra el fuego que trabajaba para los ciudadanos. Y esa fue la clave de su éxito.

En cuestión de un par de horas, Chile se dio cuenta de algo que siempre tuvo frente a sus narices: esa era la institución tan ansiada; la institución íntegra, sin cuoteos políticos, con reducidos actos de corrupción, donde los integrantes eran voluntarios, donde existía una real vocación. Esa era la institución anhelada, la que la mayoría estaba buscando. Y gran parte de los manifestantes, por más violentos que hayan sido con otras autoridades, se dieron cuenta. Removieron barricadas, ayudaron con los escombros y con el salvataje de víctimas. Era una ayuda ciega porque los bomberos no eran hombres con fusiles, no eran mujeres con lumas, no manejaban carros que lanzaban lacrimógenas. Eran ciudadanos, común y corrientes que ayudaron a que no se quemaran casas, a que los metros pudieran salvarse, a que no destruyeran miles de fuentes de trabajo.

La encuesta Activa Research publicada el lunes 18 de noviembre, establece algo que todos intuían: el 94,4% de las personas aprueba la institución de bomberos, donde un 84,4% la consideraba “muy buena” y otro 10% “buena”.

Durante 2018, bomberos respondió 8 mil llamados de emergencia. Pero hoy todo cambió. Esa cifra se superó por creces y parece que no se detendrá a causa de los incendios que nuevamente toman, como foco central, el cerro Rodelillo teniendo ya a la fecha, a nueve casas consumidas por el fuego.

A pesar de que el trabajo de bomberos esté lejos de volver a la normalidad, la labor estará siempre marcada por los versos de su himno: “Aunque crujan de espanto los muros y el incendio nos haga jadear, aunque el fuego nos prenda y amarre y el cansancio nos tiña la faz, aunque el aire se arrastre y vacile, como bálsamo ansiado y virtual, mientras haya una vida en peligro, nuestro impulso de amor vibrará”.

Este trabajo lo realizaron alumnos del cuarto año de Periodismo UAI, en el Taller de Periodismo Avanzado, sede Peñalolén.

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