No me arrepiento de este amor

No me arrepiento de este amor

Por Esteban Beaumont

“No me arrepiento de este amor, aunque me cueste el corazón”, cantaba Gilda en los ‘90. La canción se popularizó y se convirtió en un himno futbolero. Se me ponía la piel de gallina si veía un video con jugadas de la U y la versión interpretada por Ataque 77, de fondo. Cuando peor estaba el equipo, más emocionaban las estrofas. No había vergüenza, soy de la U y lloré cada eliminación en Copa Libertadores… y no me arrepiento.

Ojalá la vida fuera así de fácil. Ojalá fuera cosa de “ofrecer el corazón”, como dice Fito Páez; pero no es así, el mundo es más cruel. Mucho más cruel que no ganar hace no sé cuántos años en el Monumental, más cruel que la eliminación a manos de Chivas en semifinales. Tal vez por eso me gustan los comics, en las páginas con globos de diálogo hay al menos esperanza.

Siempre me molestó el rótulo de ñoño. El haber tenido que leer escondido en el colegio Astérix y Obélix, porque era muy “grande” para perder el tiempo en monitos.  El cómo algunos fanáticos le cambiaron el nombre al cómic para decirle novela gráfica y así parecer intelectualmente superiores. Me cansa y hay veces en que me arrepiento de este amor.

Pero es menos cruel que el mundo real. Sí, sé que estoy comparando nuestro mundo con uno invadido cada semana por algún tirano intergaláctico. Pero al final del día siempre aparece un héroe con los calzoncillos sobre el traje para salvar a la pobre damisela en peligro. Cómo me gustaría que existieran los héroes. Dr. Manhattan podría acabar con el coronavirus de solo pensarlo, Bruce Wayne y Tony Stark ya tendrían la vacuna lista y Flash hubiera corrido cruzando la barrera espacio-tiempo para evitar que el virus se expandiera.

Sí, por eso leo comics. Me dan esperanza, me motivan a ser mejor. Nunca tendremos un Superman, pero sí podemos tener miles de Clark Kent. Me permiten seguir soñando y que mi corazón siga latiendo con fuerza. ¿Quién no se sintió más feliz después de leer a Mafalda o a Calvin and Hobbes? Mientras me siga inspirando, podré seguir ofreciendo mi corazón. Ya lo dijo G. K. Chesterton: “Los cuentos de hadas son ciertos. No porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que podemos vencerlos”.

Soy ñoño, pese a que me dé vergüenza admitirlo. No el estereotipo de ñoño que nos vendió Hollywood, ese con anteojos cuello botella y más acné que cara. Soy un ñoño disfrazado de persona normal, con el humor de Hal Jordan, las inseguridades de Bruce Wayne y la inocencia de Peter Parker. Pero espero que bajo mi camisa se esconda el logo de un héroe, para que cuando lo necesite, pueda ayudar a las personas.

Extraño ver jugar a la U, aunque pierda, pero si Wally West esperó años para volver al mundo, yo puedo esperar un par de meses. Me da miedo perder amigos, pero si Martian Manhunter perdió a todo su planeta y siguió adelante, yo podré superarlo. De eso se trata al fin de cuentas.

No me arrepiento de este amor. De ninguno, ni del fútbol ni de los comics, ni de la música ni de ningún amor de una semana. Si yo no soy un Clark Kent imperfecto, o un Peter Parker sin su cámara, ¿quién lo será?

Este artículo se escribió en el Taller de Edición del quinto año de la carrera de Periodismo de la Universidad Adolfo Ibáñez.

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