Relatos paranormales

Relatos paranormales

Por Magdalena Garrido

¡Hermana, no me asustes!

Tenía entre 12 y 13 años. Esto pasó unos meses después de que mi hermana falleciera. Yo estaba en la casa con mi otra hermana y mi mamá. Eran como las 6 o 7 de la tarde y estaban dando Mekano. Era full tendencia. Era invierno y hacía mucho frío, así que la estufa estaba prendida, lo habitual. Mi hermana de repente se sintió mal y mi mamá la llevó a urgencias. Yo me quedé sola viendo Mekano y, de la nada, sentí un escalofrío y mucho miedo. Todo se puso súper helado. Es algo muy difícil de explicar, tenía miedo, una sensación muy rara. Estaba aterradísima. Me acuerdo que me tapé los oídos y le subí el volumen a la tele al máximo por si pasaba algo, yo no quería escuchar nada. Sonaba fuerte esa canción “Taca taca taca, late mi corazón por ti”. Después de un rato así, me convencí de que no pasaba nada, que estaba bien y le bajé a la tele. Tratando de estar tranquila, me puse a revisar toda la casa. Súper raro para la edad que tenía, revisé que no estuviera dado el gas, las luces, todo.

Mi hermana siempre me asustaba. Se metía por el patio, abría la ventana y me gritaba. La cosa es que me puse a ver tele de nuevo y se empezó a abrir la ventana, pero esta vez la sentí, así que no me iba a dar miedo cuando intentara asustarme. Le dije: “¡Para! Escuché la ventana. No me causa gracia” y no se rió ni nada. Y yo insistí: “ya, en serio”, pero no pasó nada así que le dije: “me voy a parar y te voy a ir a apretar los dedos con la ventana”. Cuando me levanté para ir a cerrarla escuché como susurrando “dile a mi mamá…” y no alcancé a terminar de escuchar porque pegué el grito de mi vida. No había nadie en la casa ni en el patio. No estaba mi hermana. Cuando dejé de gritar, me quedé en blanco y volvió a sonar: “Danae, dile a mi mamá que yo siempre…” y salí corriendo. Dejé la puerta abierta, la tele y la estufa prendidas y me fui donde mi vecina llorando y gritando como loca. Ella me acogió. Me acuerdo que me dio un vaso de agua con azúcar, pero yo no sabía cómo contarle lo que me había pasado. Pensaba que no me iba a creer, que iba a estar loca. Solo le pedía que llamara a mi mamá porque más encima me quedé afuera. Cuando le conté a mi mamá, ella se puso a llorar y me dijo que ella también sintió que a mí me estaba pasando algo, que se preocupó muchísimo por mí sin razón. Me dijo que no tuviera miedo, que era mi hermana que me estaba cuidando y que me quería decir algo, pero yo estaba enojada por la forma en la que me decía las cosas. Ojalá para una próxima vez intente no asustarme.

Danae, 26 años

Tengo un don especial, aunque a veces no tanto

La familia de mi papá es súper sensible a las presencias, especialmente mi tía, que hizo cursos espiritistas. Desde muy chica, cuando un familiar va a fallecer, me avisan antes, me vienen a ver. Por ejemplo, hace como una semana extrañaba mucho a mi abuelo, que ya no está, y me vino a ver. Yo siento que él viene. Siento cuando llega. Cuando quiero conversar con él, lo percibo detrás de mí, siento cómo me abraza. Es complicado de describir, pero es como su peso en mi hombro. Nunca lo escucho, pero me da mucha tranquilidad. También hay veces que me viene a ver porque me quiere decir cosas. Hace dos meses me vino a decir que mi abuela estaba enferma y que necesitaba exámenes y así fue. Lo malo de esto, es que no solo soy sensible a las presencias buenas, sino también las malas. Varias veces han venido a mi casa. Me abren las ventanas, me apagan la tele, yo siento cuando caminan y tengo la sensación de que siempre que vienen es porque me quieren transmitir algo, pero son presencias que yo no conozco. No percibo esa energía familiar como con mi abuelo, que me da confianza y paz. Yo no he querido estudiar más allá porque me da un poco de susto. Solo sé hacer limpiezas en la casa porque he tenido que aprender por la cantidad de veces que me han venido a molestar, el año pasado sobre todo, porque ya eran muchas las veces que teníamos que estar llamando a sacerdotes.

Trinidad, estudiante, 19 años

Amiga, tu casa me da miedo

Era chica. Habré ido en tercero o cuarto básico y esa noche me quedé a dormir en la casa de una amiga. Una pijamada aparentemente muy normal. La casa en la que vive es como de película de terror porque es muy antigua. Su papá se crió ahí y todo está igual: el papel mural, el piso, los muebles. Tal cual como su abuela la decoró. La cosa es que su abuela había muerto en la casa no hace mucho tiempo en la pieza de al lado de la de mi amiga, que siempre estaba cerrada, o al menos, cuando yo estaba ahí. Todos en esa familia eran súper musicales. Tenían tres pianos en la casa y hartos instrumentos. Me acuerdo que ya era tarde, como las dos de la mañana, y estábamos durmiendo cuando escuchamos muy fuerte que estaba sonando un piano. Nos despertamos y nos miramos muy extrañadas. Era tanto el ruido que fuimos a ver quién estaba tocando. Primero, fuimos a ver el del segundo piso, que no era, así que tuvimos que bajar al primer piso, que tenía como un órgano de iglesia. Esos que tienen teclas arriba y abajo, y se estaba tocando solo. Nosotras veíamos cómo se hundían las teclas solas y el piano sonaba, pero era música profesional. No era como si se hubiese echado a perder, sino que sonaba bonito. No pudimos dormir más, así que nos pusimos a ver películas. Aunque para ella era algo normal escuchar cosas. Después de ese episodio la familia pensó en llamar a un exorcista. Luego de eso nunca más me volví a quedar.

Florencia, 20 años

Toc Toc

Yo siempre he sido súper perceptiva con esto de los espíritus y este tipo de cosas desde muy chica. Esa noche me había ido a dejar mi pololo hace algunas horas. Ya eran las dos o tres de la mañana y no me podía quedar dormida porque sentía que había algo o alguien. Yo vivía en ese tiempo en una pensión y tenía mi cama de una plaza justo al frente de la tele y, a mano derecha, el clóset. Al lado del mueble de la tele, había una maleta y encima una cartera apoyada. Yo estaba viendo tele muy aterrada, nerviosa, cuando de repente la cartera que estaba al lado de la tele se levanta en el aire. Fue como si alguien la hubiese levantado y tirado al lado mío, al lado del velador. Avanzó media cama hacia mí. Y no fue como que se hubiese caído y rodado, sino que se levantó y cayó. Fue horrible, no podía parar de llorar. Me dio una crisis de pánico. La pieza tenía atrás un baño y, unos minutos después, sentí que alguien tocaba la puerta, como un “toc toc”. Fue horrible. Ya no vivo ahí.

Caterina, 22 años

Las cosas guardan la energía que liberamos cuando ya no estamos

En mi casa vivimos mi mamá, mi papá, mis hermanos, mi tía y mi abuelo, que murió el año pasado, seis meses antes que mi abuela, que se fue en enero sin previo aviso: un día fue al hospital porque le dolía la guata y falleció ese mismo día. Ella era una persona con mucha energía hasta el último momento. Por eso como familia estábamos demasiado mal así que, semanas después del funeral, tomamos a nuestros perros y nos fuimos a la playa unas semanas para despejarnos.

Nuestra casa es una construcción súper antigua que hemos ido renovando. Mi bisabuela fue la que llegó a vivir acá y no nos hemos movido en tres generaciones. Yo me vine un día antes con mi perro y fue la noche más rara de mi vida. Sentí muchas cosas difíciles de explicar. Lo primero que noté al llegar fue que la puerta de la pieza de mi hermano tenía golpes, como puñetazos. Pensé que habían querido entrar a robar, pero revisé todo y no faltaba nada. Se notaba que nadie había estado en la casa porque había polvo en las cosas y el típico olor a encierro. Cuando salí con mi perro al patio, no quería pasar por esa puerta. Me miraba y tiritaba como nervioso, pero quería entrar, así que volví a salir y lo obligué a entrar y cuando entramos me vino algo súper fuerte. Es difícil de explicar. Fue la misma pena que tuve cuando murió mi abuela, pero mezclada con miedo, así que me llevé a mi perro a mi pieza en el segundo piso. Esa noche sentí mucho movimiento en el patio, pero cuando bajé no había nada.

Semanas después, llegué tarde a mi casa y ya estaban todos. Cuando entras, lo primero que ves es un pasillo largo con una puerta al final que da al patio. Esta vez, la puerta estaba abierta y vi a una persona acarreando cajas, apilándolas. No le presté atención. Pensé que era mi papá, así que fui a la pieza de mi tía que me preguntó cómo estaba. Su pieza queda en el mismo pasillo, así que mientras conversábamos podía ver a esta persona con las cajas. Luego seguí caminando y fui a saludar a mi mamá que estaba en su pieza más allá en el pasillo y, de pronto, me saludó mi papá también desde la pieza. Quedé helado porque mis hermanos no estaban en la casa. Volví a mirar a la persona en el patio, pero ya no estaba más. Solo estaba mi perro esperándome igual de ansioso y asustado que esa noche cuando estuvimos solos después de la playa y ahí recién caí en la cuenta de que no fue una persona lo que vi. Más tarde estuve pensando qué podría ser y recordé que mi abuela me contaba que mi abuelo hace muchos años tenía un taller afuera en el que hacía muebles de mimbre. Yo creo que quizás era la energía que quedó de él lo que vi. No le quise contar a nadie en ese momento, pero todos presenciamos y sentimos cosas. Mi hermano escuchaba golpes en su puerta y mi mamá sentía a mi abuela cocinando, tanto así que contrataron a un sacerdote para que limpiara la casa. De ahí nunca más pasó algo.

Flavio, 25 años

Este artículo se hizo para la revista Osada, que realizan estudiantes del quinto año de Periodismo UAI en el Taller de Productos Periodísticos. Entra aquí para ver más contenido de esta interesante revista.

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