Opinión: Todos somos víctimas

Opinión: Todos somos víctimas

Por Gabriela Sierra

“Te haci’ la cuica y eri’ gorda y negra. Déntrate mapuchita” “Tu voz me apesta y eri’ como cuica al peo, pero dices cosas interesantes a veces”.

En mi tiempo libre administro una página de memes de la cual soy el rostro visible. Desde esta vereda me ha tocado ser víctima de comentarios como los de arriba: crudos, gordofóbicos e incluso racistas. Burlas sobre mi apariencia o pensamiento, insultos misóginos y, sobre todo, sugerencias que jamás pedí en las que me insisten violentamente en restarme de un espacio que yo misma creé.

En todo la anterior, hay un factor común que se repite: son ataques que nacen a partir de suposiciones que la gente se inventa en la cabeza. Afortunadamente, es algo que tengo claro y por lo mismo no me genera ningún tipo de daño.

Cada vez que se habla de cyberbullying, me acuerdo de un tweet antiguo del rapero Tyler, the Creator. En él se reía y cuestionaba la existencia de este fenómeno virtual: “(…) Jajajaja solo aléjate de la pantalla, cierra tus ojos, jaja”. Es una traducción que deja bastante que desear, pero su punto es que uno establece los límites en relación a qué tanto se dejará afectar por los acosos psicológicos.

Si bien es una lógica compartida con fines humorísticos, sería ideal que fuese tan fácil librarse de esos ataques, pero no todos poseen esta armadura mental.

De acuerdo a la ONG Bullying Sin Fronteras, el cyberbullying creció un 33% durante la cuarentena. Sus víctimas son amedrentadas psicológicamente para que no se sientan cómodas en este lugar que no existe de forma física.

¿Y cuál es el fin? ¿Acaso hostigar hasta que la situación no de más? ¿Dimensionan el posible desenlace? El caso de Katy Winter, la alumna del Nido de Águilas que se quitó la vida, es un triste ejemplo de lo que puede desencadenar la irresponsabilidad ética y falta de decencia de quienes emiten los ataques.

Generalmente, este tipo de acoso se da en internet, porque los agresores se pueden ocultar tras la pantalla, creando perfiles anónimos que los libran de toda responsabilidad y posibles consecuencias.

Ninguno de los mensajes en contra de Katy se lo dijeron en su cara y hasta ahora nadie me ha parado en la calle para comentarme que soy una gorda con voz apestosa. Las crueldades que la gente dice por redes sociales se dan en este espacio únicamente porque confunden, a su conveniencia, las realidades.

La vida virtual y lo que proyectamos en ella no refleja quienes somos realmente, pero por más que se les repita, parecen olvidarlo siempre. Sin embargo, qué grande es su anhelo por ser lo que aparentan en la vida digital, lo que no son capaces de ser en la vida real.

Queda claro quien es la víctima, pero a veces me pregunto qué traumas hay dentro del agresor para llegar a ser tan miserable a la hora de emitir juicios y sentencias en un otro, formados a partir de sus propias inseguridades y que buscan, a toda costa, proyectarlas en el afectado.

No creo tener la mejor respuesta, pero por ahora no me queda más que culpar al sistema en el que estamos insertos, si al final siempre es el responsable de la precariedad ética y nula empatía estas personas, a quienes ahora también veo como sus víctimas.

Esta columna se escribió para para la revista Icónica que elaboran estudiantes del quinto año de Periodismo UAI. Entra aquí para ver todo su contenido.

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