El hechizo de los recuerdos

El hechizo de los recuerdos

Han pasado más de cuatro meses desde que miles de personas iniciaron confinamientos por la pandemia. Para muchos, la vida se ha vuelto más monótona que de costumbre y, en algunos, surge la nostalgia por el pasado como una forma de sobrellevar semanas cargadas de incertidumbre.

Guido Macari Marimón

Supe que Canal 13 volvería a transmitir Brujas habiendo pasado más de una década desde su estreno (2005), cuando yo tenía sólo nueve años. Aun así recuerdo la trama: Cinco mujeres jóvenes trabajan en una empresa especializada en servicio doméstico. Justo en el primer capítulo, el dueño de la empresa fallece y la viuda sospecha que una de ellas fue la culpable. A eso se suma la aparición del peculiar hijo del viudo, un hombre guapo con todas las características de un “tiro al aire”.

Esa es la historia central de esta producción que, vista en perspectiva, resulta algo ridícula, pero me generó nostalgia saber que volvería una teleseries que disfruté cuando niño, en las tardes, antes de acostarme para ir al colegio al día siguiente.

Estaba conversando con un amigo por Zoom. Nos acordábamos de una noche en que iríamos a un cumpleaños y, a medio camino, nos enteramos que no habría celebración. Decidimos juntarnos igual en un grupo más chico pero, a medida que pasaba el rato, sucedieron una serie de hechos que eran razones para quedarnos en casa: A un amigo le rompieron el vidrio del auto y le robaron todo lo que tenía adentro; otros dos amigos discutieron y uno de ellos se fue, además, mientras caminábamos a destino, se me cayó una botella de pisco y explotó.

Aun así, insistimos y terminamos reuniéndonos unas diez personas. Contra todo pronóstico la pasamos extremadamente bien. Recuerdo que cantamos Un beso y una flor (Nino Bravo) con entonaciones apasionadas, aunque algo burdas.

En las últimas semanas, hemos rememorado varias veces esa noche y, cada vez, intentamos buscar el motivo de por qué la pasamos tan bien y, cada vez, la conclusión es la misma: eran bajas nuestras expectativas ese día. El diálogo se repite de forma esquemática, pero nos produce cierto placer repetir esa conversación, como en un intento de hacer correr nuestra memoria, de conversar ese pasado que echamos de menos. 

He pensado que esos recuerdos que traemos con insistencia al presente se vinculan con la vuelta de teleseries como Brujas, Soltera Otra vez o Amanda. Sin bien los canales hacen esto porque no pueden producir nuevo contenido en este contexto, el efecto que genera en el espectador es similar: volver a ese pasado que embellecemos, sin ansiedades ni incertidumbres porque ya lo dejamos atrás.

Francisca Rey, sicóloga clínica, explicó que en este contexto, cuando la muerte y las dudas de lo que vendrá se vuelven algo cotidiano, estos pensamientos se vuelven muchos más frecuentes. “Los mecanismos de defensa y la capacidad de resiliencia nos hacen ver el pasado de manera idealizada, porque la actualidad nos da terror y existe un estrés por el futuro”, dijo.

Florencia García (21) estudia diseño y dijo que ella siempre ha sido una persona ansiosa, que piensa en el futuro; solía imaginarse como una “diseñadora bacán” fuera de Chile. Pero ahora eso  ha cambiado. Hace unos días llovía  y ella se acordaba de cuando viajaba en micro y llegaba toda mojada a su casa. “Creo que lo hago para retroceder en el tiempo como para haberlo disfrutado más”, reflexiona. Ella piensa que se acuerda de esas cosas, por muy fugaces que sean, para no enfrentar la realidad o la soledad a la que todos nos vemos enfrentados.

Le ha sucedido que, en el último tiempo, se siente más sola y se acuerda de expololos, como si los extrañara, aunque sabe que en condiciones normales jamás pensaría algo así. Una vez por semana ve, en YouTube, un video con fotos de su gira de estudio. Supone que en ese viaje todos se sentían “muy bien recibidos en grupo”, por lo que extraña cierta sensación de seguridad que transmite el colectivo.  

A veces se encierra en el baño a escuchar canciones “viejas” de reggaetón como si estuviera en un carrete. “Me mando el show”, y se ríe.

Existe el cliché de que la gente anciana se acuerda de lo que vivieron y lanza una frase como que “todo tiempo pasado fue mejor”. A veces pienso que, en cierto sentido, es como mi mundo se hubiera detenido y envejecido de repente. Me cuesta verme en el futuro, y supongo que me aferro a lo que viví o a lo presente. Pero todo eso es un material limitado y es difícil renovarlo. Supongo que el regreso de teleseries antiguas funciona como nuevas provisiones, un cargamento que alimenta una baraja desprovista.

Vicente Del Real (31) es abogado y vive en Osorno. Él se acuerda de tardes —generalmente frías— en su excasa de Santiago o en la localidad cordillera de Sierra de Bellavista (ahí suele ir de vacaciones) jugando juegos mesa como Ataque, Trívium y Gran Capital.

—Era muy feliz estando dentro de la casa, con cierta sensación de seguridad —reflexiona—. Pero no ese concepto tan manoseado de ‘disfrutar lo simple de la cosas’, sino que era algo entretenido. Aparte había harta conexión con la gente que uno estaba. Siempre salían buenas conversaciones y momentos graciosas.

También se recuerda de cuando era adolescente y pasaba horas metido en el PlayStation, dirigiendo a “jugadores antiguos” como Marcelo Salas y Pavel Nedved defendiendo la camiseta de la Juventus. “Los veía como súper hombres”, dice. Ahora esos recuerdos le traen una “sensación de calidez” que le es difícil explicar.

En las vacaciones fui a la playa con dos amigos. Íbamos todas las tardes a bañarnos en el mar, hemos tomado la costumbre de hacerlo cada vez que vamos. Capeábamos las olas e incluso inventamos cierto código al respecto; hay una canción de J Balvin con Anitta que se llama Downtown, supongo que de ahí se nos ocurrió: cuando las eludíamos por abajo, gritábamos “downtown” y, cuando era por arriba, decíamos “uptown”.

Ahora pienso que el mar, durante esos días, se convirtió en algo así como una salida del mundo, un espacio de libertad donde la única preocupación que importa es estar pendiente de que una ola no te pille desprevenido. Y era más lindo porque los tres compartíamos esa sensación y no era necesario decirlo, sólo dejábamos que el agua salada nos emparara y, por un rato, estábamos seguros de que éramos un poco más felices.

Catalina Medo (22) estudia periodismo en Santiago, pero vive en el Valle del Elqui. Siente que tiene varios “amigos cercanos”, pero le cuesta mantener un contacto frecuente.

Ahora, con la pandemia, adquirió la costumbre de ver su archivo de historias de Instagram. Muchas de las fotos que subía era con amigos, carreteando, viendo películas, o lo que fuera. Y le dan ganas de hablarles. Pero, al final, las conversaciones son siempre más o menos lo mismo.

—Nos ponemos a recordar, y no superficialmente, sino que con lujo de detalles —explica ella—. Recordamos el momento desde el punto de vista de cada uno. Terminamos diciendo que, cuando la pandemia se acabe, haremos de nuevo esas cosas.

“Acá en el campo me desconecto mucho”, dice ella. Le gusta pasear por los cerros cerca de su casa, jugar con sus perros y mirar a sus gallinas. “Pero me acuerdo de mis amigos y la angustia me inunda y es terrible: no se puede hacer nada al respecto”.

Piensa en la llamada que tendrá más rato con un amigo: se preguntarán algunas cosas, comentarán algunos recuerdos y terminaran diciéndose “alguna frase de aliento como ‘sí ya falta poco’. Pero en verdad ninguno tiene idea”.

Apropósito del reestreno de Brujas, me acordé de Hippie (2004), otra teleserie. Recuerdo que en uno de los primeros capítulos el actor, protagonizado por Diego Muñoz, muere en un incendio. Yo tenía ocho años. Tengo mi imagen llorando en la cama, mientras mis papás trataban de consolarme. Yo entendía que no se había muerto realmente, pero, ante mis ojos, sí… al menos durante todo lo que venía de teleserie.

Quizás ahí, como cualquier niño, vivía las cosas con más intensidad. Pero también pienso que, a lo largo de mi vida, hay actores que han estado constantemente apareciendo en la tele, como María Elena Swett, Jorge Zabaleta, Ingrid Cruz y el propio Diego Muñoz. Como si sus caras estuvieron cubiertas por el velo de lo que fue, de lo ya vivido. Y que sigue ahí.

Sergio Bandack (74) jubiló hace algunos años y, hasta antes de la pandemia, tenía una vida activa: iba al gimnasio tres veces por semana, salía a comer y le hacía una asesoría a una empresa. Con la cuarentena, ha venido reinventar su vida para —como él dice— “matar el día”. Pero se le han ido agotando las ideas con el avance de los meses.

Él piensa que se encuentra en la última parte de su vida, entonces “siente que es un poquito injusto tener que pasar ese tiempo encerrado, cuando tuvo que trabajar toda su vida”.

A veces se acuerda de momentos pasados: “Uno se pone a valorar cosas que se perdieron y que, en un momento, creía que eran gratis y que eran obligación vivirlas”. Pero no es así. “Hoy más nunca tenemos el aire limpio y debemos usar mascarillas”, piensa en esa contradicción.

A través de un grupo de WhatsApp que tiene con sus amigos del gimnasio, se envían fotos de eventos pasados. Se acordaban de un 18 de septiembre que celebraron en la casa de uno de ellos, donde aparecen vestidos de huasos, compartiendo un asado. Él no sabe si esos momentos  volverán y “eso me da pena, como que me resta vida”. En el futuro, “si salimos de esta, hay que cuidar las cosas que tenemos”.

A veces se siente algo culpable por no haber cuidado más el planeta o ayudar a su familia… o haber sido más justo. Siente que “he empezado a autocalificarme, en el sentido de que: ¿actué bien?, ¿actué mal? O hay decisiones que tome de forma muy intempestiva”, reflexiona.

—Esto fue un golpe de vida —dice.

Recuerdo con bastante detalle cómo termina Brujas: hay una muerte y nace un niño y cinco niñas, aunque no vale la pena dar más detalles. Supongo que la veré de todas formas. Si bien hay cosas que olvidé, el grueso de la trama lo tengo en mente, al igual que a los personajes con sus caras y personalidades. No espero sorpresas, aunque, en alguna parte de mí, puede que sí.

Mariana Labbé y Patricia Hernández tienen poco más de cincuenta años, pero trabajan en cosas muy distintas: una es auxiliar de vuelo en Latam, y la otra es profesora de básica en un colegio de Renca. Comparten una experiencia: no han tenido tiempo para recordar. La cabeza de Mariana está llena de incertidumbre, teme que la despidan: “Nunca pensé que los aviones dejarían de volar”. Y Patricia siente que, con su labor online de docente, le ha costado “sentirse más nostálgica”, porque ha tenido poco tiempo para pensar.

Lo que ellas me dicen no me hace rememorar nada en especial, pero sí me hace pensar que, quizás, mi vida en estas últimas semanas ha entrado en una etapa de estancamiento, en que ya ni siquiera tengo urgencias lo suficientemente concretas más que echar a correr la memoria. Supongo que es una extraña forma de ser afortunado.

El otro día me encontré con un tuit del 2015. La periodista y escritora boliviana, Liliana Colanzi, publicó: “Digo, como si alguna época fuera carente de conflictos e incertidumbre. Hay una nostalgia por un pasado seguro que no existió”. Creo que tiene un poco de razón. Quizás cuando recordamos nos olvidamos del estrés y la ansiedad que acompañaban esos momentos que, alguna vez, fueron parte del presente. Momentos que ya terminaron su desarrollo y podemos narrar de principio a fin, tenemos la certeza de que, quizás, fuimos felices en esos instantes; lo sabemos porque así lo recordamos. Son escenas que ya tienen una forma clara y rígida en nuestra mente, y ya nada pueda cambiarlas.

Seguramente todo esto (incluso estas palabras) sólo sea una herramienta de mi organismo para defenderme de la incertidumbre. No tendré otra opción más que retomar la costumbre de sentarme frente al televisor —ahora— las 14:30 horas, de lunes a viernes, mientras espero algo que ya ni sé bien qué es.

Este relato se escribió para la revista Pluma Libre, del Taller de Productos Periodísticos del quinto año de Periodismo UAI. Te invitamos a ver la revista completa y a entretenerte e informarte con su contenido.

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