Opinión: El año que nunca imaginamos

Opinión: El año que nunca imaginamos

Por Óscar Sepúlveda

“Yo nunca pensé que mi quinto y último año como estudiante de periodismo, ese año que soñaba con vivir en las calles, reporteando el estallido social y muchas otras noticias, lo iba a pasar encerrada siguiendo clases por Zoom”, me comentó con una mezcla de rabia y decepción una de mis estudiantes de la universidad Adolfo Ibáñez durante el primer semestre de 2020.

Desde otra perspectiva, un alumno mechón de Periodismo de la UAI de Viña del Mar, me resumió así su experiencia: “Yo nunca imaginé que mi primer año de universidad, este año que quería vivir a concho, sintiéndome libre y lejos de mis padres, viviendo en una ciudad distinta, conociendo gente, haciendo nuevas amistades, organizando fiestas con mis compañeros, lo iba a pasar encerrado en mi pieza de siempre, en la casa de mis papas, asistiendo a clases online.

Y yo, como profesor, nunca pensé que mi reencuentro con la vida académica iba a ser -a mis años y con una modesta cultura digital a cuestas- impartiendo clases online a alumnos un tanto desconcertados ante la inédita experiencia que se les estaba exigiendo, para protegernos de la pandemia de covid-19, que está azotando al mundo.

Lo interesante ha sido que, a pesar del brusco cambio de los escenarios imaginados por cada uno, la mayoría hemos logrado superar muchos obstáculos y cumplido etapas que antes eran impensadas, en que la vida entera ha cambiado, y probablemente, en muchos aspectos ya no volverá a ser como antes.

En el ámbito que nos compete por ahora, el de la educación y la cultura, eso ya se asoma como una certeza. Habiéndose probado que son hasta mayores los beneficios que los costos de la teleeducación, en especial en cuanto a cobertura y eliminación de las distancias, no resulta fácil -y sería incluso absurdo- imaginar un retorno pleno a las viejas modalidades. ¿Por qué los museos, por ejemplo, podrían querer renunciar a las nuevas audiencias, sin fronteras, que se les han agregado en estos meses?

Cualquier espectador hoy puede acceder virtualmente a las obras de los más destacados artistas del mundo, gracias a que estos han diversificado sus técnicas y lenguajes para lograr conectarse con el público.

Los muros de los museos se van desvaneciendo a medida que el arte aprende a expandirse, a veces con el mismo sello y respaldo, pero por nuevas vías.

Asimismo, ¿Por qué las universidades habrían de renunciar a la posibilidad de extender sin limites geográficos el alcance de sus planes de formación, luego de haber demostrado, como lo han hechos hasta ahora, que es posible enseñar en estas nuevas aulas virtuales probadas y aprobadas por estudiantes y profesores?

Por supuesto que el contacto humano es necesario e irrenunciable en cualquier escenario académico futuro, pero este no tendría por qué desplazar -más bien podría complementar- la rica y novedosa práctica universitaria, que al menos en la experiencia con mis cursos, veo  emergiendo con bríos desde las nuevas plataformas.

Desde esa mirada que señalo, este “año que nunca imaginamos” podría empezar a considerarse el punto inaugural de una nueva humanidad, una humanidad que se vio obligada a mutar en pos de su supervivencia.

Esta columna se escribió en la revista Pluma Libre, que elaboran estudiantes del quinto año de Periodismo UAI.

Óscar Sepúlveda es periodista y psicólogo. Ha trabajado como redactor, columnista y editor político en revista Ercilla, diario La Época, La Segunda y revista Caras, fue editor general de la revista Cosas y coautor del libro La Historia Oculta del Régimen Militar.

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