Esta crónica no tiene título porque no lo necesita

Esta crónica no tiene título porque no lo necesita

Nota: el texto en cursiva alude a un sueño del autor en tiempos de cuarentena.

Por un momento, me vi levitar en la catedral

Justo afuera de la estación de policía

En un jardín lleno de luces

El joven dormía en el noveno piso

Con cañones en su espalda

Yo estaba parado junto a la puerta

Y cuando abrió el tercero de sus ojos

Me sentí omnipresente

El libro permanecía abierto

Con un mensaje escrito a mano

En su interior

Hay cosas que nunca voy a entender

-Alexis Paiva Mack

Esa noche desperté a las 3:00 AM, como si una orquesta empezara su función al interior de mi oído. Sentí aplausos y risas. La batuta del director golpeaba mi tímpano con la misma grandilocuencia de la primera vez. Abracé la almohada e intenté dormir, pero las ganas de volver al estudio me incineraban por dentro. Quedarse en la cama cuando una escena te invade, es tan masoquista como callar con una frase en el pecho.

Todavía tengo cicatrices en la espalda y en el torso, aunque nunca pensé que estas me obligarían a escribir en el resto de mi cuerpo. Tinta permanente, melodías disonantes y personajes enigmáticos. El fuego quema la planta de mis pies y lleva el ardor hasta mi garganta. Nunca dejé de sentirme tan vivo y tengo un cúmulo de versos que volarán tu mente.

Acabé la última botella de Chivas, prendí un cigarrillo y me dirigí al escritorio. No recuerdo cuándo inició esta mierda y tampoco quiero revisar los periódicos. Me siento en un ritual africano de purificación, al dar vueltas en círculos por el departamento. Solo, pero me siento acompañado. Escucho a los ángeles recitar al otro lado de la línea, mientras mis latidos se sincronizan con el ritmo de las malas semillas.

Puedo ser Billy Hayes en el expreso de medianoche o quizás Dorian Gray tras la última pincelada. Como sea, ya estoy acá en mi retrato, listo para derramar el líquido de mis pulmones hacia el resto del mundo.

¿Oíste? Dejé los lápices sobre la mesa y reservé un asiento para ti en mi teatro de espejos. Me afeitaré el cráneo antes de que llegues y, tal vez, reviva a Robert Walser en los pálidos campos de Herisau. Ya casi sale el sol y muero por verte danzar entre los cuerpos desfigurados, con la misma delicadeza sobrenatural que me paralizó cuando clavaste la mirada. 

¿Quién sabe cuándo acabará este encierro? Serviré una taza de té y esperaré sentado frente a la cámara.

Este relato se escribió en el Taller de Edición del quinto año de la carrera de Periodismo de la Universidad Adolfo Ibáñez, en la mención en Edición y Medios de Comunicación.

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