Otra forma de habitarse

Otra forma de habitarse

Hace un mes que la gente en Chile empezó a hacer cuarentenas. Los noticiarios se han llenado de cifras de infectados y fallecidos por coronavirus. Acá se relata un testimonio de encierro desde una mirada íntima, en que el cotidiano se ha convertido en un desafío para el mundo interior del individuo.

Por Guido Macari Marimón

Sé que no fui el primero que lo hizo. Aun así, un domingo por la tarde tomé mi máquina de cortar pelo y me rapé. Sentí que me veía extraño, las formas irregulares de mi cabeza me resultaron feas. Aunque tenía una barba de tres semanas que neutralizaba un poco el cambio. Les envíe una foto por WhatsApp a algunos conocidos. Unos se rieron, otros encontraron que no se veía mal.

La información que uno recibe de la tele o que lee en internet es más bien fragmentaria. Todos los días aparecen cifras de infectados que aumentan, en algunos lugares por decenas, en otras por cientos. Resulta difícil dimensionar. En la pantalla solo son números. Números que crecen por culpa de un virus. Una amenaza invisible, que produce síntomas tan poco distintivos como una tos seca o fiebre.

Es decir, ¿me explico? Afuera cuesta ver algo claro, y más aún desde el encierro. Quizá la forma contraria al exilio, pero que, de algún modo, son la misma cosa. Uno se repliega en uno mismo, como esas flores que cierran sus pétalos cuando se hace de noche. Suena cursi, pero es algo así.

Tengo la sensación de que la gente está más chistosa que te costumbre; al menos la que está encerrada. Como si no tuvieran con quién usar sus cuotas de sentido del humor y, de repente, las descargaran todas en una conversación. Me pasa conmigo también. Tuve que mandar un mensaje a unos compañeros de universidad para recordarles que debíamos entregar una tarea. No tenía el celular a mano, pero mientras tanto pensaba cómo redactar el mensaje para avisarles del trabajo y, a su vez, fuera lo más gracioso posible.

De algún modo, resulta un privilegio poder encerrarse. Entiendo eso, mucha gente no puede darse ese lujo en estos tiempos de crisis. Pero, ante eso, creo que me he adentrado mucho en mí. Eso asusta un poco, aunque a veces es lindo. Unas semanas atrás hice un cuento sobre una señora que es infeliz en su matrimonio, y descubre en la natación y en una pecera una forma de salvación. Ahora empiezo el relato de un padre y un hijo que están encerrados en un departamento; al principio son como desconocidos, pero lentamente se van acercando hasta prácticamente convertirse en la misma persona, y eso les resulta aterrador.

Hay veces en que hablo con mis amigos a través de una videollamada. Miro sus caras en la pantalla y me doy cuenta de que los quiero.  Los quiero abrazar y es imposible, y se los diría una y otra vez pero nadie quiere ser monotemático. Las conversaciones son esquemáticas, los chistes se repiten. Ya no me gustan las videollamadas.

El otro día salí a caminar con mi hermana por los alrededores. Vivo en un loteo en Pirque, entonces no resulta un problema respetar la “distancia social”. No hicimos nada en especial, hablamos un poco. Avanzábamos por un camino de tierra vacío. Recuerdo que le mencioné que algunos amigos me habían comentado que este tiempo los hacía pensar muchas cosas. Algunos se hacían preguntas de sus pololeos. Un amigo se cuestionaba si era normal que, aun separado por semanas de su polola, sentía que estaba bien así, que tenía tiempo para leer, ver películas, hacer ejercicio. Una amiga lleva un par de años en la relación y me decía que le asustaba un poco imaginar que, si seguía con su pareja, en algún momento quizá se terminaría casando; no le disgustaba la idea, pero sí se preguntaba si realmente quería ese destino entre tantos (¡muchos!) otros posibles. Después mi hermana me respondió que a veces a ella le pasaba algo similar; no lo mismo, pero sí cuestionamientos que yo no hubiese imaginado dentro de su cabeza. Cada tanto, unos perros se asomaban a ladrarnos desde sus casas mientras avanzamos. La pasé bien.

Vi una película llamada El Faro y me gustó. Tiene como coprotagonista a Robert Pattinson. Aparece con un bigote amplio y descuidado, y una barba de un par de días. Le queda bien, pensé. Yo nunca había tenido un bigote, pero a la mañana siguiente me afeite, imité su look.

Es raro pero, de alguna forma, siento que imitar el estilo del personaje no es lo que me lleva a dejarme el mostacho. Eso no es suficiente. Y ahí es cuando pienso que ese día llevaba veintitrés días sin salir de mi casa, no porque no quisiera, sino porque no puedo. Todos los días recorro los mismos espacios, repito con mayor frecuencia ciertas rutinas. Me empiezo a fijar en detalles que antes no. Y eso incluye a mi propio cuerpo. Si antes pasaba una hora viajando a la universidad, ahora uso algunos de esos minutos en mirarme al espejo. Mi rostro se repite una y otra vez y, muchas veces, eso aburre. Pienso que la rapada y el bigote vienen de esa necesidad de ver cambios en uno mismo, de no aburrirse de la propia apariencia. 

Empiezo a habitar mi cuerpo de otra forma. A percibirlo de manera más intensa. Veo cómo crecen las entradas en mi pelo, que también tengo los folículos más delgados. Aunque soy joven, noto que los años han pasado, y que cada vez irán más rápido. Se me marcan las líneas de expresión en la frente, aun con mi rostro relajado.

No es que me preocupe la muerte. Es que uno tiene más tiempo para sentirse, percibirse y pensarse… O quizás sí hay cierto temor a envejecer. Siempre me ha angustiado la posibilidad de quedarme sin tiempo. ¿Tiempo para qué? No le tengo claro. Pero muchos dicen que “la vida se pasa volando”.

Supongo que a veces lo pensamientos se enredan unos con otros, como cables de audífonos, y ya no sé dónde termina uno y empieza el otro.

Una mañana me enteré de que en Estados Unidos murieron casi 2 mil personas en un día por coronavirus. Más tarde troté, hice algo de ejercicio.

Un primo me envió un largo audio. Al igual que yo, lleva algunas semanas sin salir de su casa. En esos minutos, habló de que ahora ya adulto, se da cuenta de que cuando éramos niños nuestros papás pagaban créditos hipotecarios, solucionaban problemas en el trabajo, pedían hora al doctor porque nuestra abuela tenía una molestia en la garganta; mientras nosotros no entendíamos nada. Éramos niños y creíamos que ellos estaban siempre tranquilos porque siempre sabían lo que hacían. Pero resulta que no es así. Muchas veces —sino la mayoría— no tienen idea si lo que hacen es lo mejor o, al menos, lo correcto. La infancia como un lugar seguro. “Ellos solucionaban nuestros problemas, mientras nosotros jugábamos”, concluyó. Me gustó esa última frase, era una buena síntesis. Sería un buen microcuento.

A veces me cuesta quedarme dormido. Quizás no tiene mucho sentido escribir cuentos. Ficciones. Afuera, en la realidad, muere más gente que de costumbre y muchos pierden su empleo. Quizá al mundo no le queda mucho tiempo de vida, al menos no cargando a la especie humana sobre sus hombros. Porque, seguro, somos demasiados kilos encima.

Una noche intenté “carretear solo”. Puse música que casi no había escuchado. Tomé algunas piscolas hasta que me curé un poco. Habrán sido tres. Prendí un foco, dejé el parlante cerca mío, me senté mientras le daba sorbos a mi vaso. Había algunas estrellas. Miraba la piscina, con el agua quieta. Sonó una canción de Spinetta con Charly García, Rezo por vos. Era un vídeo de un concierto del 2009. En algún momento, me levanté y me puse a bailar. Y lo dejé todo por esta soledad. Nunca he bailado bien, pero me dio lo mismo. Morir sin morir. Sentí que tenía suerte, que pocos podían estar así. Sentí algo de culpa, mientras sacudía mis brazos y mis piernas, mientras sonaba el alegre piano. Entonces rezo. Pero también pensaba que no podía estar más alegre. Y me encendí de amor, ¡de amor sagrado! Y quizás sonará ridículo, pero, en ese momento, deseé que todos alguna vez pudieran sentirse como yo me estaba sintiendo ahí. ¡Rezo por vos! En ese segundo, en ese lugar.

Después vinieron los aplausos.

Y me fui a dormir.

Esta crónica se escribió en el Taller de Edición del quinto año de la carrera de Periodismo de la Universidad Adolfo Ibáñez, en la mención en Edición y Medios de Comunicación.

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