La inestable resistencia del Sótero del Río

La inestable resistencia del Sótero del Río

Hasta abril, se las arreglaban sin sobresaltos. Hoy las camas y mascarillas escasean mientras aumentan los contagiados en el personal, pero el centro de salud resiste.

Por Guido Macari y Caterina Matta

El Sótero del Río es el hospital más grande del país y se ubica en Puente Alto, la segunda comuna con más casos registrados de coronavirus (1.129). El rol que juega este centro de salud es clave para controlar los índices de contagio y mortalidad de la pandemia. Hasta el lunes, 75 de sus trabajadores estaban con Covid-19 y 217 en cuarentena, según La Segunda. Sin embargo, funcionarios de la institución consideran que la falta de espacio, el número de camas y la cantidad de elementos de protección personal (EPP) son los problemas que más complican sus labores.

Durante marzo y abril el hospital logró operar con cierta normalidad. Pero esta última semana el escenario se complejizó, relatan funcionarios de la institución. Los contagios se han multiplicado y hay más pacientes presentando diagnósticos delicados, con síntomas respiratorios, por lo que requieren de la atención de personal más experimentado.

La situación se vuelve más delicada aún, si se considera que hay muchas casos que no se descubren por ser “falsos negativos”. Carlos Alvarado, médico de urgencias en el Hospital Sótero del Río, cuenta: “Nos hemos encontrado varias veces con una persona sospechosa de estar contagiada: le haces el examen y sale negativo; entendiendo que la capacidad del examen para detectar un caso es de un 60% o 70%, se te pasan al menos tres casos de cada diez”.

Y esa gente después regresa a su vivienda y trabajo creyendo que está sano y que no contagiará nadie, pero continúa siendo un foco de contagio importante y, más grave aún, desconocido. Esto podría desencadenar una oleada de infectados en la zona, lo que eventualmente derivaría en más casos para el Sótero del Río.

Tensión en aumento

Ronald Moya, enfermero de urgencias en el hospital, plantea que la falta de camas en los pisos es lo que torna más complicados los turnos. Hay servicios de menor complejidad que se reenfocaron para atender a pacientes contagiados por el virus. “Colapsa la urgencia en ese sentido”, comenta. El personal enfrenta una mayor demanda y, por ejemplo, no pueden suministrar oxígeno a los pacientes en una sala de espera.

Antes del coronavirus, había solo un sector de urgencias. Pero la contingencia hizo que se dividieran en dos: “covid” y “no-covid”. Si los pacientes ingresados presentan fiebre, síntomas respiratorios y mialgia (dolor muscular) son derivados a la primera sección. En cualquier otro caso, son llevados al segundo sector, en el subterráneo.

Los turnos para el personal son de 24 horas y luego tres días libres. Moya vive en Rancagua y viaja allá para descansar y hacer cuarentena, junto a su madre y hermano; a veces duerme en casas de colegas santiaguinos para minimizar riesgos. Sin embargo, recalca que hay muchos colegas que han abandonado su casa para “no exponer a sus familiares”.

Al menos en el área de urgencias, no se les pide a los funcionarios cubrir con horas de apoyo. Sin embargo, la experiencia de Constanza Baeza ha sido algo distinta, pues siete veces le han solicitado apoyar con turnos extra de 12 horas. Ella es enfermera y trabaja en la unidad de cuidados intensivos (UCI). Salió de la universidad el año pasado y es parte de los funcionarios que se integraron para reforzar el plantel durante la pandemia.

Baeza explica que se han tomado distintos protocolos que suelen cumplirse; por ejemplo, dividir la UCI en pacientes con y sin covid-19, disminuir la cantidad de camarotes en las piezas de los funcionarios o limitar el máxima de gente en los espacios de alimentación.

Aun así, hay ordenamientos que resultan más complicados. Mantener la distancia de un metro por persona es “esa cuestión es súper difícil”, dice Constanza, sobre todo cuando deben hacer los registros de pacientes en computadores, que están uno junto al otro.

El personal coincide en que son tiempos complejos e intentan adaptarse como pueden. El hospital les entrega ropas quirúrgicas que a veces no son de su talla. En varios sectores, el aire acondicionado está prohibido, por lo que muchas veces “el calor que hace es de los mil demonios”. Se improvisó una habitación para los funcionarios que da al exterior, donde se escuchan con fuerza las sirenas de las ambulancias.

Las jornadas se han vuelto especialmente estresantes.

Consuelo Rivera (este nombre es ficticio ya que la fuente pidió resguardar su identidad), enfermera de emergencias infantiles del hospital, percibe cierto ambiente de temor entre los funcionarios, sobre todo los de mayor edad. “Nadie quiere exponer a su familia a moverse en transporte público. Tengo tos, ya siento que me voy a enfermar”.

Moya constantemente siente un poco de angustia. ¿Qué vendrá en el futuro? “Estás atendiendo gente y no sabes si podrás atender a más”, dice el enfermero. Algunos pacientes se enojan con el personal y eso también afecta a los funcionarios.

“Las personas que fallecen están muriendo solas”, describe Constanza Baeza, ya que las visitas se han restringido casi por completo. Los médicos deben comunicar el estado de los pacientes por vía telefónica a los familiares; los llaman a números que muchas veces están mal anotados.

Esa una situación con la que es difícil convivir, y ser de real ayuda. Baeza dice que, cuando empezó a trabajar ahí, “entraba y salía mal emocionalmente”.

Stock al límite

El hospital no ha presentado escasez de artefactos preventivos de contagio, según el Moya. Sin embargo, los funcionarios sí han advertido cierta mayor laxitud en los protocolos dictados por el área de infectología; por ejemplo, si antes les informaban que cada mascarilla duraba cuatro horas, ahora les dicen que son seis.

Además, algunos funcionarios han notado que ha disminuido la calidad de ciertas suministros como las pecheras.

Consuelo Rivera relata que, en un momento, se quedaron sin stock de pecheras: “Ayer (martes), por ejemplo, estuvimos al límite y tuvimos que usar unas pecheras blancas que son sin mangas y no deberíamos usar”.

La propia funcionaria también cuenta que, durante la noche, llegaron nuevas pecheras, aunque de otro proveedor. “Son como de bolsa de basura”, describe. Son mucho más delgadas y vienen en rollos; por lo tanto, el personal debe hacer el trabajo extra de cortar, separar y guardar. Y todo eso se traduce en tiempo.

—Pero al menos tenemos algo, hubo un tiempo en el que ni siquiera teníamos stock —dice.

Aun así, ella destaca que por ahora hay disponibilidad de medicamentos. Pero también percibe deficiencias con otros elementos de protección. El personal ha empezado a confeccionar sus propias mascarillas con TNT (tela no tejida), que las utilizan para circular por el hospital. Deben cortarlas, doblarlas, hacerles hoyitos y ponerles tirantes. “Igual es engorroso, debemos hacerlo porque nos llegan menos pacientes”, al comparar con otras áreas, dice Rivera, que se desenvuelve en el área de emergencias pediátricas. 

No todos los funcionarios están de acuerdo con encargarse de esas labores, ya que no las consideran parte de sus contratos. La enfermera piensa que la medida  “no ha sido muy bienvenida”.

El viernes 1 de mayo, el sindicato del Hospital Sótero del Río publicó un comunicado que, entre otros aspectos, manifestaba la falta de elementos de protección personal (EPP) como delantales, pecheras y alcohol gel. Esta organización ya ha presentado recursos de protección y denuncias contra el Ministerio de Salud.

Si bien el sector en el que trabaja Rivera no se encuentra tan colapsado, están prestando servicios a pacientes que antes no eran parte de su área. Pediatría se extendió desde los catorce años a los 21; e incluso hasta pacientes de 30 años en camas de la UCI.

El doctor Carlos Alvarado, médico de urgencias del hospital, expone que “hasta ahora han sido contados días en los que se han acabado las camas, y lo mismo con los días que en que ha faltado personal”. Según él, lo que más escasea son las mascarillas, pero siente que se cumple con el mínimo.

Sin embargo, resalta que el Hospital Sótero del Río es parte del sistema público y entonces “creo que es un poco barsa exigir en esta situación, cuando debería ser así todo el tiempo, no solo con una pandemia”.

El vaso medio lleno


Yo creo que entre todas las cosas como malas que ha tenido esto, lo bueno es que se mejoró bastante la organización de la urgencia”, cuenta Carlos Alvarado, médico de urgencias en el hospital. Valora que hubo un plan de contingencia que se realizó de forma precoz, debido a que el virus se presentó en los países europeos como Italia y España.

Hasta el momento son pocos los días en los que se han acabado las camas y también las veces en que se ha superado el personal y, respecto a los doctores, “se tomaron muchos médicos nuevos”, agrega Alvarado. Si antes eran cinco en urgencias, ahora son ocho.

Para mantener un ambiente agradable dentro de este complejo escenario, la enfermera Consuelo Rivera relata que intentan hacer actividades en comunidad. Se ponen cuotas entre los funcionarios y se preparan almuerzos para compartir, aunque sea a la distancia. Así, por ejemplo, aplacan el estrés que les significa un posible contagio. “Comemos todos juntos, dormimos todos juntos, entonces si una persona se enferma, sabemos que todos vamos a caer”, dice la funcionaria.

El personal también describe un cierto ambiente de apoyo entre colegas. Camila Baeza solo lleva unas semanas trabajando en el hospital, por lo que ha debido adaptarse con apuro, y se ha sentido respaldada por sus compañeros; lo que destaca aún más cuando todos “están corriendo por la vida de los demás”, agrega la enfermera.

Sin embargo, a pesar de que los funcionarios entrevistados resaltan que el hospital ha logrado sortear los primeros meses de la pandemia sin colapsar, existe el temor de perder el control de la situación. El médico Alvarado considera insuficientes las medidas que se han tomado. Él está en desacuerdo con el levantamiento de cuarentenas al solo ver pequeñas mejorías en las cifras, ya que para él, “es una medida que dista bastante de lo que me parece correcto”.

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